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Saber cómo continuará una historia es algo que, admitámoslo, es el germen de cualquier ficción. Todos queremos saber que pasará luego del aparente punto y final. Si nuestros personajes favoritos volverán a repetir otra aventura, si la chica volverá con el chico (¡Qué no!, que no vuelve nunca) o si después de destruir la tierra, Roland Emmerich encontrará otro planeta para hacer realidad sus sueños más húmedos de destrucción.

Pero… ¿y eso de las precuelas? A mí es algo que me llama poderosamente la atención. Saber el origen, el cómo empezó todo. Sin embargo, no a toda la gente le interesa, sólo hay que ver o más bien no hacerlo, Hannibal, el origen del mal. Es sorprendente cómo un personaje como el del doctor Lecter puede bajar tantos enteros.

Estarán de acuerdo conmigo que no es lo mismo ver a Robert de Niro entrando en New York y contemplar como Vito Corleone se hace el Rupert Murdoch de los años 20 que observar a Carrie Bradshaw vivir su adolescencia de instituto mientras sueña con ser la columnista más “chic” de la gran manzana. Como sucede en la vida, en el amor y en Gran Hermano Vip, hay matices, muchos matices.

No todas las etapas de la gente dan para un argumento. Al igual que no siempre nos tiramos en paracaídas, nos metemos en la M-30 un fin de semana de agosto con la familia de tu novia en la parte de detrás o tenemos una cita “cachonda” con una desconocida de Badoo, cualquier personaje, por muy atractivo que sea, tiene tras de sí etapas en las que es un absoluto coñazo. Que “no dan para paja”, vamos

Que Darth Vader o Hannibal Lecter dibujasen con “plastidecor” negros me interesa tres pepinos. Es irrelevante e innecesario para la historia. La mayoría de las precuelas son tan innecesarias como una tarde de sábado trabajando. ¿Era necesario rodar la trilogía de Star Wars para saber el origen de Darth Vader? Pues más bien no. ¿Ha sido una mala decisión? Pues viendo todo la mercadotecnia y el resultado final, pues oye, pues no está tan mal.

La saga de Indiana Jones podría haber seguido su curso a la perfección sin haber rodado El templo maldito. Sin embargo es una precuela que aporta matices al personaje. Vemos a un “Indi” muy más sombrío, que en muchos momentos ronda la senda del trasvase de héroe a villano; es interesante la relación amor-odio con Kate Capshaw y el personaje de tapón tiene un tremendo carisma.

El problema de las precuelas es que se han convertido en el sueño de las productoras y no en el del público. Ya hay secuelas que son bastante malas pero que se perdonan porque retoman la historia o nos ofrecen ilusiones. De por sí, el futuro por muy malo que pueda ser, es esperanza, el pasado es nostalgia y la nostalgia… nunca es buena. Al menos en el cine… y si no, vean Dos tontos muy tontos: Cuando Harry encontró a Lloyd.

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