¡Atención! Este sitio usa cookies y tecnologías similares.

Si no cambia la configuración de su navegador, usted acepta su uso. Saber más

Acepto

wrapper



Hay cosas interpretables. Eso se sabe. Imagínese la escena: Una persona se encuentra en la cocina y se dispone a preparar el perfecto bocadillo de jamón con queso. En lugar de utilizar una barra de pan, emplea una masa deforme de color naranja. A la hora de cortar esa masa lo hace con una sierra eléctrica en lugar de cuchillo y los embutidos elegidos no son sedosos pedazos de jamón ni exquisito queso, sino fragmentos que parecen carne humana y una masa amarilla viscosa con apariencia de plastilina.

Pues bien, esa persona que veíamos coge el bocadillo, se lo lleva a escasos centímetros de la boca y…

Si ha estado viendo todo el proceso se preguntará ¿Y qué pasará si se lo come?

Pues eso es Canino, la película más conocida del director griego Yorgos Lanthimos. Una idea tan simple como la de hacerse un bocadillo, en este caso la historia de una familia pero desarrollado de otra manera, con otros ingredientes.

Lanthimos apuesta por reinventar el lenguaje. Los padres de la familia han criado a sus tres hijos adolescentes (2 chicas y un chico) en un chalet alejado de cualquier cosa y del que nunca han podido salir. No conocen la civilización. Su padre les ha hecho creer que poner un pie fuera de ese mundo sería equivalente a una muerte súbita, por eso él siempre sale montado en su coche; su madre amenaza el espacio vital de sus habitaciones con la idea de tener “otros dos hijos y un perro” si se portan mal; Por si fuera poco, los aviones que ven surcar el cielo, que caen cada poco en el jardín pero con forma de juguete y premio. No en vano, la película se llama Canino por algo.

El director tiene estilo y se nota. Aparte de verse en otros de sus filmes como Langosta o Alps aquí se nota en la elección de planos (la mayoría con encuadres que cortan la cabeza a los personajes), el tempo lento de las escenas o una fotografía tan “sucia” como verdadera.

Pero… el estilo es también terminar tu idea. Ir hasta el final. Cruzar ese puente quebradizo que lleva de la transgresión al gran público.

Y aquí no sucede. La libre interpretación por parte del director del filme hacia su público se convierte en una deuda para con ellos. Canino abre de par en par las puertas de la casa y te invita a pasar, su director te pone unos entremeses fantásticos, una copiosa y deliciosa comida y en el momento del postre se va porque se ha dejado la llave del gas encendida. O eso dice él.

El filme se parece a La lengua de las mariposas en el espíritu y a El show de Truman en su ejecución. Un “bocadillo” que parece igual que todos pero que es diferente en el paladar. Y es altamente recomendable… a pesar de dar la sensación de que se ha quedado a medio terminar.

Inicia sesión para enviar comentarios