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Esta semana tengo varias entregas de trabajos académicos. Por eso he estado escuchando más música de la habitual en la madrugada. Y no, no soy de esas personas que dicen que se ponen música clásica para estudiar y luego bailan y “perrean” reguetón como si no hubiera un mañana. Al menos no de momento. Esto me ha llevado a pensar en mis jóvenes años de estudiante y en mi olvidado compañero nocturno de estudios y entregas, la radio.

Debo decir que a día de hoy apenas escucho radio convencional. Dentro de lo posible me oigo algún podcast de humor tipo Nadie sabe nada, de cine con La Órbita de Endor o videojuegos como Viciados Podcast. Es una pena pero también es ley de vida.

Sin embargo he echado de menos y recordado lo poderosa que fue la radio nocturna en una etapa de mi vida, tanto para estudiar como de compañera de viaje.

Mi programa favorito de siempre fue Si amanece, nos vamos, emitido en las madrugadas de la Cadena Ser y creado por la periodista Marta Robles. Aunque yo comencé a escucharlo con el equipo “oficial” de Roberto Sánchez, un año después. Aquello data de septiembre del año 1994. Tendría sobre unos 11 años y recuerdo pasarme un verano entero haciendo trabajos de madrugada para entregar en septiembre (trabajos absurdos ahora que lo pienso puesto que jamás volvería a ese colegio, cuanta ingenuidad…)

Sé que mi abuela escuchaba Hablar por hablar, presentado en aquel momento por Gemma Nierga pero la verdad es que no me llamaba demasiado todo aquel morbo y las confidencias decadentes de la madrugada. Mi opción a falta del Red Bull de la época fue buscar un programa que me acompañase. Y allí encontré el Si amanece, nos vamos. Se emitía desde Barcelona y estaba capitaneado por la voz de Roberto Sánchez, Gregorio Benítez, Bea Rodríguez… y que luego conoció a gente como Manuel Acedo, David Muñoz, Marc Guaita y un largo etcétera.

Todo comenzó con la mítica sección de “Pídanos lo imposible”. El funcionamiento era el siguiente: los oyentes preguntaban sus dudas, desde conocer el origen de la expresión “Ves menos que Pepe Leches”, a si había existido algún futbolista con bigote que haya jugado en el Racing de Santander o si alguien conocía una película con apenas dos datos: era de miedo y la echaron en la 2 de madrugada.

Visto ahora puede parecer algo naif. En 2017 si tenemos cualquier duda tiramos de Google y santas pascuas. A mediados de los noventa y comienzos del 2000 era otra cosa. Internet no tenía el poder de hoy.

También tenía varias secciones. La que la gente más recuerda era la llamada Noche de los detectives, donde Roberto Sánchez planteaba el final de una historia y los oyentes tenían que hacer sus pesquisas para averiguar cómo se había llegado a ese desenlace. Las respuestas del propio Roberto no debían variar del “sí, no o carece de importancia”. Era una suerte de historias al estilo Hércules Poirot, Jessica Fletcher o el teniente Colombo. Muchas eran creadas por los guionistas del programa pero también por los oyentes.

La experiencia de la Noche de los detectives era de esas cosas que uno tiene que escuchar con la radio pegada a la oreja. Era un programa muy especial, de hecho podías acostarte y levantarte con ellos según su horario. El más recordado el de 4 a 6 de la madrugada. La última palabra de la noche pertenecía al equipo y la primera de la mañana te hacía despertar de una dulce manera.

Con el paso de los años el formato se desgastó. Esto sería un problema si no hablásemos de la radio. Si hay un medio que puede sobrevivir con una misma estructura narrativa es la que inventó un día Marconi. La tecnología, el poder de Google y varias decisiones “entre bambalinas” terminaron con el programa. Y como decía, es ley de vida.

Nunca disfruté tanto de la radio como en aquella época, El País de locos de Reyes Monforte, el profesor Carbajo, Enrique Campo y su A cielo abierto, la primera hora del Carrusel deportivo, Carlos Pumares y su imposible, improbable pero encantadora pareja radiofónica con el doctor Pérez León en Polvo de estrellas.

Fueron tiempos fantásticos, llenos de orejas pegadas a almohadas y transistores, de diales con interferencias y volúmenes regulados para no despertar vecinos, de una radio todavía como elemento principal. A veces, sintonizo una pequeña radio que tengo en el cajón de la mesita de noche y todavía creo escuchar ese “Buenas noches, bienvenidos, bienvenidas y felices madrugadas de radio” de los labios de Roberto Sánchez.

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