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La nueva serie que Netflix estrenó el pasado viernes 9 de febrero es una oda a los 90’s y a valores que tenemos que revisar. Everything sucks! es más que “Wonderwall”, es una comedia familiar que nos recuerda que hay cosas en las que aún tenemos que trabajar para que nuestra sociedad sea inclusiva y no juzgue sin conocer.

Prometía ser una nueva Stranger Things menos ambiciosa, pero superó expectativas en temas que la anterior no llegó a contestar. Es lo normal, son series diferentes, pero su unión vital es la nostalgia. Esa nostalgia en la que vivimos inmersos, donde recordamos arcades, discmans, petos de vaquero y flequillos con secadora. Y la música, claro.
Nos teletransportamos a los 90’s donde un grupo de novatos de instituto entra al club de audiovisuales y se topa de lleno con el club de drama. Sin necesidad de chocar con la topiquísima de “jocks vs. nerds” entramos en un dilema más interesante y turbulento en esos años de hormonas revueltas: los conceptos. Etiquetas personales… out.
Un personaje descubre que a lo mejor no le gusta lo que todos dicen que debe gustarle, otro eleva cada gesto a la máxima expresión sin comunicación de por medio, otros tiran de ideas antiguas sin valorar las características individuales de cada uno y otra no sabe quién es ella misma por jugar a “quiero ser”.

Son capítulos de 20 minutos, 10 capítulos. Una tarde. Mi tarde del viernes pasado. Y ¿sabéis qué? Valió la pena. No es la serie del año, ni del mes, pero es entretenida y aborda temas muy importantes para los pre-adolescentes y adolescentes de esta época tan mediatizada e influenciable. Mi hermana pequeña ya tiene la serie en su lista de pendientes, es necesario. Everything sucks! nos demuestra ser una serie familiar con suficiente trama para que la terminemos con buen sabor de boca.

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