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Algunos no hemos llegado a conocer la historia de Tonya Harding hasta hace relativamente poco. A los que nacimos en los 90’s y en algún momento nos hemos interesado o nos hemos tragado todo un programa de patinaje artístico en la tele, nos suena eso de una patinadora que sufría tal presión por ser perfecta que le rompió la rodilla a una compañera. En películas como ‘Princesa de hielo’, una que mi generación presenció en el canal pre-adolescente por excelencia, y que narraba la historia de una chica que quería dedicarse al patinaje tras estudiar sus entresijos físicamente. La madre de la chica, que estaba en contra de que se dedicase a otra cosa que no fuera conseguir una beca para la Universidad, critica fuertemente a la que se convierte en su entrenadora. Le llega a decir cosas como “tú harías todo lo necesario para ganar”. Primera sospecha de que algo como esto había sucedido en la realidad. Mi segunda pista y confirmación irrefutable fue el anuncio de la película biográfica de Tonya Harding, la joven patinadora cuya carrera no pudo ser lo que estaba destinada a ser por un “incidente”.

La película ‘I, Tonya’, dirigida por Craig Gillespie, narra la historia de esta patinadora artística de Portland, Oregon. Empezó a patinar a los 3 años, empujada - literalmente - por la ambición de su adre, una mujer maltratada por su padre y que maltrataba a sus esposos y a su hija. Camarera de sueldo redneck, invertía cada centavo que tenía en la carrera de Tonya. No llegamos a tener claro si ella veía en Tonya a una máquina de hacer dinero, si le frustraba ese talento sin aprovechar o simplemente porque realmente quería ver a su talentosa hija convertirse en lo que debía ser. A vosotros os dejo juzgarlo en la película. 

Tonya, como atleta de élite, se ve a sí misma tomando decisiones que quizás en otras circunstancias no lo haría. Su madre la saca del colegio para que se pueda dedicar tiempo completo a patinar, se casa a los 19 años con el único chico que le mostró interés y que resultó ser un maltratador al que divorció, y se volvió a juntar y sí y no y sí y no, y vuelvo a entrenar, y no, y bebo, y sí, y fatal todo.

Aquí es donde entra, en un papel aún más principal, su ex-esposo. En su obsesión de volver con Tonya, decidió que era una buena idea fastidiar a la rival más cercana de Harding, una patinadora que se llama Nancy. Se le fue de madre el plan gracias a un colega chivato y más tonto que un tarro sin tapa, unos tíos que este contrata que son aún más tontos y que encubrir un delito es casi igual de malo que cometerlo. 

La obsesión de su ex le costó a Tonya su carrera deportiva. Adiós a los patines, adiós al respeto y la reputación, hola a las cadenas de televisión enfrente de casa y a un recuerdo amargo.

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