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Elementos filtrados por fecha: Octubre 2016
Lunes, 31 Octubre 2016 00:00

Bob Dylan y el intrusismo profesional

¡¡¡Riiiiiiiiing, riiiiiiiiiiiiiiing, riiiiiiiing!!!

-       Oiga, ¿Es Bob Dylan? Que se ponga

Con todo esto del premio nobel de literatura a Bob Dylan han surgido voces reclamando lo que es suyo. Twitter, ese bar de borrachos para muchos y fuente de información para los menos, se ha inundado de memes y fotomontajes postulando premios a Paquirrín, Belén Esteban y Pikachu. Reconozco que tanto la decisión de otorgarle el premio nobel de literatura a alguien que solo ha publicado una obra: Tarántula (1971), como la colección de tuits al respecto son una genialidad.

No soy un acérrimo fan de Bob Dylan. Lo he visto una vez en concierto y las sensaciones que me provocó fueron las de que hubiese sido mejor no acudir a él. Es un tío un tanto huraño en directo (toca de perfil o espaldas al público, apenas interactúa, se reinventa sus propias canciones) pero está claro que es un icono contemporáneo.

No volvería a ir a un concierto suyo pero sigo escuchando y deleitándome en casa con muchos de sus discos y canciones. A lo que voy, la academia sueca ha optado por la opción de ser unos cachondos… y no me parece mal.

La opinión general que ha generado el fallo del premio, la del gremio de los escritores y la del propio Dylan es que no se merece el premio. Y está claro que no se lo merece. El cantautor es el menos interesado en recibir tal galardón. Se comenta que Dylan no les coge el teléfono. ¿Qué se pensaban? Que un tío que toca con gafas de sol y sombrero va a ir hasta Suecia y se va a tomar un chocolate con churros con los académicos y luego hacerse la foto…

Sin embargo, me gusta que le otorguen el premio. El tema de las artes es tan y tan complicado. A veces cuesta discernir donde entran las reglas y donde la libre interpretación. He leído todo tipo de comentarios ventajistas del estilo “Cristiano Ronaldo es un prodigio de la naturaleza porque salta 3 metros pero no le daría el premio nobel de ciencia”. No es lo mismo.

Hay un elevado grado de conservadurismo entre los profesionales de las artes. Un presentador no puede ser periodista, un periodista no puede conducir un concurso, un actor jamás podría escribir un libro y un cantante no podría dirigir en la vida una película…

Y está claro que muchos lo hacen y esto provoca recelos desde las diferentes profesiones. No es algo como un panadero celoso de que un fontanero haya hecho una tirada de pan del país con una pinta sensacional. Las artes tienen su intríngulis. Lo que nos lleva a la fantástica frase de Rachel Green de Friends ¿Y si todo el mundo te ha dicho que eres un zapato pero no quieres ser un zapato? ¿Y si quieres ser un bolso? ¿o un sombrero?

Es posible que Dylan no se “ajuste” a las normas del premio pero también es probable que sus letras, sus canciones, su particular poesía haya cambiado y expresado más que cualquier texto escrito. Dentro de todo este absurdo es más viable darle un premio nobel de literatura que un Grammy.

Si Cher tiene un premio Oscar, si Up ha sido nominada a mejor película siendo de animación (introduzca aquí su comentario ventajista) ¿Por qué no Dylan?

¿Y si los suecos ya no querían ser un zapato? ¿Y si querían ser un bolso? ¿O un sombrero? El de Dylan por ejemplo.

Lunes, 17 Octubre 2016 00:00

La constancia “seriéfila”

Llevo dos años queriendo ver el final de Breaking Bad. En su momento engullí la serie de mala manera. Madrugadas de 5 y 6 capítulos sin pausas. Llegué hasta la quinta temporada y creo que el capítulo ocho fue mi cima particular.

No la dejé de ver por nada en particular. La pereza quizás. Un día se amontonó con otro, el siguiente hizo una pila de platos de la rutina de la indulgencia y sin saber cómo, me vi abocado a un Diógenes de intenciones.

La estructura narrativa de una serie no permite volver a engancharse como si fuese una película. No hablo solo de la duración. Un filme ronda los 90 minutos y eso en la mayoría de las veces es una muy pequeña parte de la temporada de una serie.

Esto me ha llevado a pensar en cuantas series he terminado de ver a lo largo de mi vida. Y así a bote pronto pues tampoco recuerdo tantas. Lo peor es que sus finales tampoco me emocionaron. Tengo un mejor recuerdo de la serie, de su camino, de lo que provocó en mí que su desenlace final.

Perdidos fue lo que se dice “una full de Estambul”. House, la última temporada es un regalo para los fans y el final de Las chicas Gilmore es tan precipitado como tener una cita en Badoo. Por no hablar de Ross y Rachel o de Ted Mosby y su futura mujer. Lo cual me ha llevado a la siguiente reflexión: el final de una serie casi siempre suele decepcionar, al contrario que la mayoría de películas.

Es también cuestión de actitud. Una serie requiere un compromiso narrativo superior. Es como el día a día con una pareja. Se producen momentos de todo tipo: amor, odio, cariño, pena, ira… La visión es diferente. Te puedes enfadar viendo “episodios de paja” en los que no ocurre nada, como lo puedes hacerlo por quedarte un fin de semana tirado en casa con ella sin hacer nada.

Una película es más como el encuentro de una noche. Es tan intenso, sorprendente y fugaz que no te deja lugar a la duda ni a la reflexión. Si se termina bien, pues bien, si termina mal, pues bien, si hay secuelas, pues dependerá de quién las “dirija”, si eres tú, mejor. Incluso puedes hacer tu particular universo Marvel si “pillas cacho” en una pandilla extensa.

Lo cierto es que me da una pereza terrible ponerme a ver el final de Breaking Bad. Me autoengaño en que tarde o temprano volveré pero pasan los años, siguen las series y me sigue dando una modorra increíble. Ahora mismo no tengo ese compromiso para seguir algo. Necesito cosas conclusivas o que requieran muy poco de mi parte.

Porque una serie puede convertirse en tu novia o ex novia y eso es bonito y aterrador… a partes iguales.

Lunes, 10 Octubre 2016 00:00

La promesa antónima y los “cuñados”

Hace unos meses le hice un favor a unos conocidos. No era nada en plan salvar el mundo o descubrir una vacuna contra los “cuñados”. Solo necesitaban de mi tiempo y palabra. El caso era echarles una mano para grabar un vídeo. En cuanto terminamos, me dijeron que nada más lo tuviesen listo me lo harían saber y me mandarían el resultado.

En ese momento comprendí que jamás volvería a saber de ellos. A partir de ahí me hice mi pequeño diccionario de frases “antónimas” para utilizar a diario. Esta “antonimia” rebosa belleza ya que es una manera de complicidad entre emisor y receptor. Es tan fabulosa caer en la oratoria de una de ellas como oírla recitada.

A medida que me hago mayor intento arrojarlas al arcén de mi vocabulario pero… reaparecen:

-Lo dejamos de mutuo acuerdo.

-En cuanto termine, te aviso.

-Voy muy a menudo al gimnasio.

-Estoy seguro de que le gusto a una del gimnasio.

-Si quieres invítame tú esta y pago yo la próxima.

-Le gusto a una del curro.

-Si pones la comida en el microondas sabe igual que recién hecha.

-Pues no te creas que la quería tanto. Solo estuvimos casados 15 años.

-Si me prestas ese cómic te lo devuelvo la próxima semana.

-Pues la de este sábado no era fea, eh.

-Nada, son apenas 20 km conduciendo.

¿Existe alguna solución para esta “antonimia”? Dentro de la magia que provoca este efecto entre emisor y receptor una muy buena solución casera es la de emplear el verbo “intentar”. Cuando prometes algo, la carretera entre la intención y el resultado está llena de baches, peajes y… muchos cuñados.

A mis 22 años (espirituales) soy el “antiejemplo” de muchas cosas. La primera teta que toqué fue en un forzadísimo gesto de recepción de voleibol a los 14, mi primer beso no llegó hasta los 16 y a día de hoy todavía no he visto Lo que el viento se llevó.

Aun así, me considero una persona con cierto criterio. Eso me añade un componente novedoso pues por ejemplo que me hace superior a casi cualquier tertuliano de programa matinal. Yo al menos puedo hablar con conocimiento de causa.

Mucha gente quiere dedicarse a la comunicación y al audiovisual. Para ello hay diferentes variantes: estudiar publicidad, periodismo, comunicación audiovisual, ir a Gran Hermano e incluso explorar la formación profesional en los ciclos de imagen y sonido.

Me presentaré como en una reunión de Alcohólicos Anónimos. Hola, me llamo Santiago y he estudiado Imagen y Sonido. Además también he hecho el grado Comunicación Audiovisual y espero que con vuestra ayuda y estas reuniones no vuelva a hacerlo nunca.

Ciclo de Formación Superior de Imagen y Sonido

PROS:

-Mucha práctica.

-Son dos años y alrededor de 10 asignaturas. Se puede profundizar en las mismas. A veces, incluso demasiado.

-Posibilidad de interactuar con gente que domina otros campos y establecer un grupo de trabajo. ¿A qué me refiero? Si un tío es bueno escribiendo guiones, otro dirigiendo, otro es un director de fotografía de la leche, otro realiza unos montajes geniales pues… ya tienes a cuatro personas que se complementan y que puedes capitanear.

-Pocos artistas, muchos currantes. Si quieres que te lleven 60 rosas azules al camerino y pongan a tu disposición toallas bordadas con la palabra “star” antes de dirigir un plano quizás no sea tu mejor opción.

-Posibilidad de unas prácticas más y mejor relacionadas con lo que has estudiado.

CONTRAS:

-Asignaturas que tienen la misma relevancia que la filmografía de Gaspar Noé. FOL y Administración de empresas. ¿En serio? No es que sean malas asignaturas. Comprendo todo este rollo de “que tienes que saber esto sí o sí” pero al menos podrían adaptarlas a la especialidad.

-Exige una dedicación plena al margen de las clases. La formación en clase es de aproximadamente un 5%. El resto lo debes buscar por tu cuenta.

-Se va a clase los viernes ¡Madre del amor hermoso!

-Hay profesores que valen la pena. Otros sin pasión. Lo mismo con los alumnos.

Grado en Comunicación Audiovisual

PROS:

-Si tienes alguna especialidad o habilidad relacionada y que traigas de serie puedes destacar rápidamente

-Puedes terminar el grado sin haber pegado un palo al agua. Solo necesitas cierto atractivo visual, oral y un poco de carisma. El arte del escaqueo en los trabajos de grupo. He ahí la cuestión. Uno trabaja y el resto mira, la máxima expresión de España. He sido el que trabaja y he sido el que se escaquea. Lo segundo te beneficia más en la “Universidad de la Vida”.

-Hay profesores y alumnos que merecen la pena.

-Tocas muchos palos.

CONTRAS:

-Tocas muchos palos.

-Asignaturas muy absurdas. Entiendo que como en cualquier serie que se precie, deban existir episodios de “paja” para rellenar rellenar la temporada. No me quejo pero… podrían focalizarse mejor. Derecho, sociología, economía… ¡Economía, tío!

-Nula especialización. Eres un jugador de fútbol que puede jugar de delantero, extremo, mediocentro defensivo, lateral derecho… ¿Para qué vas a enfocarte sobre una materia si luego puedes pagarte un máster para ello por poco menos de 5000 €? Sería absurdo hacerlo.

-Masificación. Cien alumnos. No quisiera ponerle barreras al campo pero a veces es necesario ponerle barreras al campo. Si yo terminé el grado es que cualquiera puede hacerlo y eso… no es bueno.

-Hay profesores que valen la pena. Lo mismo para los alumnos.

-Tardas cuatro años en lo que probablemente podrías hacer en dos.

-Poca profundidad en las asignaturas.

En resumidas cuentas ¿Cuál es mi opinión en cuanto al audiovisual y a la comunicación?

Busca tu especialidad, haz lo que se te da bien cien mil veces mejor de lo que crees que puedas hacerlo. El resto pásalo de puntillas y sin molestar a nadie. Si no eres la reencarnación del próximo Da Vinci y quieres ser un líder, busca un grupo de trabajo. Gente que encaje y sepa realizar diferentes cosas que te sirvan para llevar a cabo un proyecto. No hace falta que saquen matrículas de honor, sean universitarios o de formación profesional, ni tan siquiera es necesario que tengan título alguno. Solo reúne a gente que creas que vale la pena trabajar con ella y hazlo. Si eres bueno los resultados llegarán.