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Elementos filtrados por fecha: Octubre 2017

En la serie de la CBS norteamericana The Good Wife, nos han demostrado que se puede hacer una serie sin que venga con la etiqueta “feminista” como principal, porque debe ser normal que la posición de la mujer en el trabajo, en la familia y en su situación personal, sea igual a la de un hombre.
La reflexión que hace esta serie de drama legal en la vida de Alicia Florrick, esposa del fiscal general del estado en un condado de Illinois, es más allá que la que se ha visto en múltiples series de género similar en los últimos 20 años.


La protagonista es víctima del escándalo en la que se ve envuelto su esposo después de ser acusado de tramas de corrupción y polémica sexual. Ella, abogada de formación, pero ama de casa por decisión, tiene que tomar las riendas de su vida y sacar a su familia adelante tras la dimisión forzada y encarcelamiento de su marido.
Siete temporadas y 156 capítulos a sus espaldas, Alicia Florrick lucha con poder conciliar su vida como abogada en un importante bufete de Chicago, su vida como madre de dos adolescentes, un matrimonio roto con ansias de sanarse – especialmente en la esfera pública- y una vida personal torbellino, influenciada por el poder y disputas varias del mundo de la abogacía profesional.


Es un reto, diferente a cualquier otro en el mundo de la televisión, lograr alcanzar una narrativa que empodere a la mujer sin ser tan evidente que parece que solo se dedica a eso. La gran hazaña de The Good Wife es demostrarnos que personajes femeninos en poder, como su jefa Diane Lockhart, su compañera investigadora Kalinda Sharma y ella misma, tienen posiciones completamente normales y que no se ven intimidadas por cuestiones de género. Están allí porque lo merecen, porque trabajan duro, y porque son las mejores, como veríamos en cualquier serie a un hombre. Son mujeres en poder por sus propios méritos, y demuestran una lucha constante para mantenerse en la posición que merecen.

La distopía nos recuerda lo que es y lo que está sucediendo ahora mismo en el mundo. Para bien o para mal, las consecuencias de una vida de excesos (por lo menos en Occidente) está transformando nuestros hábitos y maneras, produciendo consecuencias irreversibles.
Sin embargo, no todas son medioambientales. No todo tiene que ver con el tiempo, los desastres naturales... o incluso la pobreza y la enfermedad. Lo tenemos más cerca. Y es que la discriminación no tiene vuelta atrás si la actitud actual se mantiene.

La adaptación a la televisión de la obra literaria "El Cuento de la Criada" de Margaret Atwood ha contribuido a la concienciación general de este asunto en particular. Bueno, de este y de muchos otros. Gracias a MGM, y la distribución de HBO por la plataforma online de esta serie de televisión, podemos darnos cuenta de hacia dónde va nuestra actualidad.

El mundo que nos presenta Atwood se sitúa en un futuro no muy lejano tras una guerra civil en Estados Unidos. Este conflicto lo inició una secta de reciente formación llamada "Los Hijos de Jacob", quienes escudándose en el viejo testamento pronuncian un manifiesto de limpieza social. Consideran que actualmente el mundo está sucio, la gente está sucia y hay que pasar un proceso de depuración.
Es necesario tener en cuenta que en su actualidad las enfermedades venéreas y la contaminación han producido una reducción en la tasa natal descomunal. Tanto así que 1 de cada 10 niños tienen posibilidad de sobrevivir la infancia.

Dentro de los métodos de esta secta que se apodera de EEUU y declara Estado Marcial suspendiendo la constitución, está la falta total y completa de los derechos de las mujeres. Alegando "inutilidad", las mujeres retroceden más de 100 años en su estatus social. Las pasan a definir en clases, siempre inferiores al hombre. Algunas de las imposiciones de las mujeres en esta Respública de Gilead es el analfabetismo; aquella a la que se encuentre leyendo, se le cortará la mano.

Ojalá que esta fuera la única prohibición para las mujeres. Sin embargo, el punto más extremo es el de su utilización meramente como objeto reproductivo. Ni siquiera como concubinas. Aquellas mujeres aún fértiles en esta distopía son reunidas y disciplinadas en centros especializados para que, más tarde, sean asignadas a familias poderosas. Así, mediante un ritual "ceremonia", puedan concebir un hijo y dejarlo luego a esta familia.

La pregunta clave aquí es cómo se llega a un punto de discriminación a la mujer tal que se considere una simple máquina procreadora. Temo decir que ahora mismo existen personas con una mentalidad parecida y nada razonable. ¿El camino que llevamos ahora mismo, puede destinarnos a un futuro tan atroz? ¿Es la obra de Margaret Atwood un terrible presagio que debemos tener en cuenta para que no suceda? ¿Cuáles son realmente las posibilidades? Una reflexión necesaria y que la serie de "El Cuento de la Criada" nos sirve en bandeja.

La obra maestra del director Ridley Scott, basada en el libro “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” de Phillip K. Dick, se diferencia de cualquier otra película contemporánea por ser la pionera en dejarte boquiabierto, sentado y quieto en la butaca de la sala, sin saber exactamente qué es lo que acaba de pasar o porqué. Lo único que sabes es que te han contado muchas cosas, que el mundo se va a acabar, que todo será sintético y que la última frase de Roy Batty es sencillamente brillante. Entonces, ¿la secuela de este clásico de 1982 nos volverá a dejar en el mismo estado?

Ya os puedo decir, y sin tener que alertar demasiado por los spoilers, que la nueva entrega, esta vez dirigida por Daniel Villeneuve, te deja… igual de aturdido que la primera.

La responsabilidad que ha caído sobre el director canadiense de adaptar (claro está, junto al guionista de la original y el propio Scott como productor) una secuela de esta obra maestra del cine no ha sido un camino de arcoíris. Han sido varios los directores que han desertado el proyecto. Por lo que los 30 años que han pasado desde tan revolucionario estreno convierte en normal el pánico cinematográfico.
No estaría bien decir la parte de la producción haya sufrido más ante las expectativas que los espectadores; porque, sin duda, esta película ha generado a lo largo de estos años una cantidad de fans que ni el propio Scott habría imaginado. Así vemos, claro, cómo se le fue de las manos las películas que siguieron a Blade Runner en su currículum.

Para aquellos que ni forman parte de esta fandom, ni son tan cercanos a la cultura cinematográfica de ciencia ficción o cine negro, os ponemos en antecedentes:
“En un mundo distópico, donde el ser humano ha huido a colonias en el espacio, el trabajo lo tenía que realizar alguien. Y claro está, no vamos a ser los humanos. Entonces se crean los replicantes, que a imagen y semejanza de la humanidad, se encargan de toda la mano de obra barata.
Sin embargo, hay quienes juegan a ser dios y destinan a los replicantes con una nueva misión: la de convertirse en más humanos que los humanos. Gracias a la Corporación Tyrell, desarrolladora de esta tecnología, un modelo de replicante pasa a tener una mayor esperanza de vida. Entonces, el miedo más tópico en cuanto a la inteligencia artificial se apodera de todos: que la autonomía de estos replicantes vaya más allá de ellos mismos. Para evitar que la hegemonía del “hombre verdadero” no se vea en riesgo, aparecen los Blade Runner, detectives que se encargan de identificar aquellos replicantes que han vuelto a la tierra. O comúnmente dicho, exterminarlos.”

Tanto Scott como Villeneuve tienen claro el concepto que Dick presentó en su obra, que aquello que hace humanos a los humanos es su capacidad de sentirse humanos para sí mismos y para los demás. Es decir, la empatía, ponerse en los pies de otra persona. Su manifestación principal es en Rick Deckard - Harrison Ford -, el protagonista en la primera película que ponía a prueba un método especial para identificar a los replicantes, pero llegado un momento en el el montaje del director, da a pensar que Deckard es realmente un replicante. Scott juega con esta duda en todos los cortes del metraje de 1982 lo que daría lugar a pensar que Deckard mata a los suyos a sangre fría, entonces es un replicante. ¿O no?

La duda se mantiene y Villeneuve lo lleva un paso más allá: es K -Ryan Gosling en la secuela- un replicante o un humano. Y, lo más importante, ¿eso nos debe importar?