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Elementos filtrados por fecha: Mayo 2017

Esta semana tengo varias entregas de trabajos académicos. Por eso he estado escuchando más música de la habitual en la madrugada. Y no, no soy de esas personas que dicen que se ponen música clásica para estudiar y luego bailan y “perrean” reguetón como si no hubiera un mañana. Al menos no de momento. Esto me ha llevado a pensar en mis jóvenes años de estudiante y en mi olvidado compañero nocturno de estudios y entregas, la radio.

Debo decir que a día de hoy apenas escucho radio convencional. Dentro de lo posible me oigo algún podcast de humor tipo Nadie sabe nada, de cine con La Órbita de Endor o videojuegos como Viciados Podcast. Es una pena pero también es ley de vida.

Sin embargo he echado de menos y recordado lo poderosa que fue la radio nocturna en una etapa de mi vida, tanto para estudiar como de compañera de viaje.

Mi programa favorito de siempre fue Si amanece, nos vamos, emitido en las madrugadas de la Cadena Ser y creado por la periodista Marta Robles. Aunque yo comencé a escucharlo con el equipo “oficial” de Roberto Sánchez, un año después. Aquello data de septiembre del año 1994. Tendría sobre unos 11 años y recuerdo pasarme un verano entero haciendo trabajos de madrugada para entregar en septiembre (trabajos absurdos ahora que lo pienso puesto que jamás volvería a ese colegio, cuanta ingenuidad…)

Sé que mi abuela escuchaba Hablar por hablar, presentado en aquel momento por Gemma Nierga pero la verdad es que no me llamaba demasiado todo aquel morbo y las confidencias decadentes de la madrugada. Mi opción a falta del Red Bull de la época fue buscar un programa que me acompañase. Y allí encontré el Si amanece, nos vamos. Se emitía desde Barcelona y estaba capitaneado por la voz de Roberto Sánchez, Gregorio Benítez, Bea Rodríguez… y que luego conoció a gente como Manuel Acedo, David Muñoz, Marc Guaita y un largo etcétera.

Todo comenzó con la mítica sección de “Pídanos lo imposible”. El funcionamiento era el siguiente: los oyentes preguntaban sus dudas, desde conocer el origen de la expresión “Ves menos que Pepe Leches”, a si había existido algún futbolista con bigote que haya jugado en el Racing de Santander o si alguien conocía una película con apenas dos datos: era de miedo y la echaron en la 2 de madrugada.

Visto ahora puede parecer algo naif. En 2017 si tenemos cualquier duda tiramos de Google y santas pascuas. A mediados de los noventa y comienzos del 2000 era otra cosa. Internet no tenía el poder de hoy.

También tenía varias secciones. La que la gente más recuerda era la llamada Noche de los detectives, donde Roberto Sánchez planteaba el final de una historia y los oyentes tenían que hacer sus pesquisas para averiguar cómo se había llegado a ese desenlace. Las respuestas del propio Roberto no debían variar del “sí, no o carece de importancia”. Era una suerte de historias al estilo Hércules Poirot, Jessica Fletcher o el teniente Colombo. Muchas eran creadas por los guionistas del programa pero también por los oyentes.

La experiencia de la Noche de los detectives era de esas cosas que uno tiene que escuchar con la radio pegada a la oreja. Era un programa muy especial, de hecho podías acostarte y levantarte con ellos según su horario. El más recordado el de 4 a 6 de la madrugada. La última palabra de la noche pertenecía al equipo y la primera de la mañana te hacía despertar de una dulce manera.

Con el paso de los años el formato se desgastó. Esto sería un problema si no hablásemos de la radio. Si hay un medio que puede sobrevivir con una misma estructura narrativa es la que inventó un día Marconi. La tecnología, el poder de Google y varias decisiones “entre bambalinas” terminaron con el programa. Y como decía, es ley de vida.

Nunca disfruté tanto de la radio como en aquella época, El País de locos de Reyes Monforte, el profesor Carbajo, Enrique Campo y su A cielo abierto, la primera hora del Carrusel deportivo, Carlos Pumares y su imposible, improbable pero encantadora pareja radiofónica con el doctor Pérez León en Polvo de estrellas.

Fueron tiempos fantásticos, llenos de orejas pegadas a almohadas y transistores, de diales con interferencias y volúmenes regulados para no despertar vecinos, de una radio todavía como elemento principal. A veces, sintonizo una pequeña radio que tengo en el cajón de la mesita de noche y todavía creo escuchar ese “Buenas noches, bienvenidos, bienvenidas y felices madrugadas de radio” de los labios de Roberto Sánchez.

Hay cosas interpretables. Eso se sabe. Imagínese la escena: Una persona se encuentra en la cocina y se dispone a preparar el perfecto bocadillo de jamón con queso. En lugar de utilizar una barra de pan, emplea una masa deforme de color naranja. A la hora de cortar esa masa lo hace con una sierra eléctrica en lugar de cuchillo y los embutidos elegidos no son sedosos pedazos de jamón ni exquisito queso, sino fragmentos que parecen carne humana y una masa amarilla viscosa con apariencia de plastilina.

Pues bien, esa persona que veíamos coge el bocadillo, se lo lleva a escasos centímetros de la boca y…

Si ha estado viendo todo el proceso se preguntará ¿Y qué pasará si se lo come?

Pues eso es Canino, la película más conocida del director griego Yorgos Lanthimos. Una idea tan simple como la de hacerse un bocadillo, en este caso la historia de una familia pero desarrollado de otra manera, con otros ingredientes.

Lanthimos apuesta por reinventar el lenguaje. Los padres de la familia han criado a sus tres hijos adolescentes (2 chicas y un chico) en un chalet alejado de cualquier cosa y del que nunca han podido salir. No conocen la civilización. Su padre les ha hecho creer que poner un pie fuera de ese mundo sería equivalente a una muerte súbita, por eso él siempre sale montado en su coche; su madre amenaza el espacio vital de sus habitaciones con la idea de tener “otros dos hijos y un perro” si se portan mal; Por si fuera poco, los aviones que ven surcar el cielo, que caen cada poco en el jardín pero con forma de juguete y premio. No en vano, la película se llama Canino por algo.

El director tiene estilo y se nota. Aparte de verse en otros de sus filmes como Langosta o Alps aquí se nota en la elección de planos (la mayoría con encuadres que cortan la cabeza a los personajes), el tempo lento de las escenas o una fotografía tan “sucia” como verdadera.

Pero… el estilo es también terminar tu idea. Ir hasta el final. Cruzar ese puente quebradizo que lleva de la transgresión al gran público.

Y aquí no sucede. La libre interpretación por parte del director del filme hacia su público se convierte en una deuda para con ellos. Canino abre de par en par las puertas de la casa y te invita a pasar, su director te pone unos entremeses fantásticos, una copiosa y deliciosa comida y en el momento del postre se va porque se ha dejado la llave del gas encendida. O eso dice él.

El filme se parece a La lengua de las mariposas en el espíritu y a El show de Truman en su ejecución. Un “bocadillo” que parece igual que todos pero que es diferente en el paladar. Y es altamente recomendable… a pesar de dar la sensación de que se ha quedado a medio terminar.

Las siglas FPS puede que no digan mucho a la gente que no está metida en el mundo de los videojuegos pero dentro del universo gamer son sinónimo de un género que ha traspasado fronteras en la industria. Los FPS (First Person Shooter) son juegos en los que usando una cámara en primera persona demuestras tus habilidades como tirador. Ya sea en la narrativa de una historia o jugando contra otras personas en línea.

Mi historia con este tipo de videojuego viene de los años noventa. El género ya había comenzado en los años 70 con un hombre llamado Jim Bowery, el cual desarrolló un juego en tres dimensiones que recreaba un juego en 2D de nombre Empire y que bebía del universo de Star Trek. No tenía unas mecánicas demasiado satisfactorias y todo se desarrollaba en una atmósfera oscura que apenas aportaba jugabilidad pero era un avance increíble para la época. Se descubría un nuevo género. En los 80 se pulieron varias cosas. Las atmósferas pasaron a ser más coloristas y el apartado narrativo quería contar algo aunque todo seguía siendo bastante tosco.

La época dorada. Los años 90.

Es la época de los shooter de la vieja escuela. Hablamos de Doom, Quake, Duke Nukem, Shadow Warrior, Wolfestein… Títulos que pasaron de la infancia a la adolescencia del género y lo hicieron de una manera increíble. Todos tenían unos modos campaña bastante característicos. Entornos “pasilleros” que te conducían a recorrer la historia, un humor corrosivo, ritmo, jugabilidad

Poco a poco se fue introduciendo el juego a través de servidores locales. Los cybers de la época se llenaban de chicos que querían jugar al Counter Strike, Quake 2 y luchar unos contra otros. Además, se introdujo lo que terminó por explotar el género: la posibilidad del online.

Todo esto fue provocando una creciente bajada de las historias de la campaña. Los desarrolladores se centraban en conseguir un modo online nivelado y satisfactorio para sus usuarios. Sin embargo las historias se perdían. El jugador individual se iba quedando desamparado. Si quería vivir su propia historia debería hacerlo con otros jugadores.

Entonces llegó el canto del cisne del universo shooter: la segunda parte de Half Life. Fue algo histórico, es de esas cosas que hacen que el mundo del videojuego se postule como una forma de arte. El culmen del género. Y… ahí… ahí debo decir que me perdí.

Cada juego que salía venía enfocado al online. La narrativa iba decayendo y con ella mis ganas de seguir con el género. Poco a poco fui jugándolo cada vez más hasta llegar a la nada durante más de 10 años. Todo esto hasta llegar a Ken Levine y su Bioshock Infinite.

Bioshock Infinite se compone de 3 juegos. El primero y tercero a manos del equipo de Levine y una segunda parte a cargo de otra desarrolladora. Se debería comenzar la saga por el primero (tiene lógica) pero recomiendo descubrir el universo desde Bioshock Infinite. De esa manera podrás ver la grandeza y el mérito del videojuego. El poder descubrir las ciudades de Rapture y Columbia. La narrativa de los personajes de Elizabeth, Booker, las mecánicas tan satisfactorias de acción y cómo han ido evolucionando…

La forma contemporánea más evidente de mostrarle a una persona que no le gustan los videojuegos a que sí lleguen a hacerlo es ponerle la obra de este señor. Levine, desarrollador de videojuegos y nerd declarado, lo cambió todo. Desde juegos como System Shock, Thief y hasta llegar al universo Bioshock desafió lo artesano de realizar una obra trascendente en lugar de una genérica.

Si alguien pone cara rara cuando le hablas del mundo de los videojuegos, lo suyo sería instarle a probar durante un par de horas Bioshock Infinite. Es una auténtica obra maestra. Desde la historia, las mecánicas, la jugabilidad, la acción… Como admirador de la obra de Levine, te recomiendo tanto como si eres un apasionado de los FPS, como si no te gusta nada el género, que lo pruebes. Lo mismo si eres fan de los videojuegos o estás en el extremo de que nunca has conectado de ellos.

Haz el favor de probártelo. Te debes esa oportunidad.

“Un ingenuo romántico se embarga en una desesperada búsqueda de amor cuando su novia lo abandona”. Hasta aquí podría ser el 95% de los hombres antes de que su novia se marche de Erasmus o en su defecto comience el verano.
Pero no, es la sinopsis de una serie americana de la cadena FFX llamada Man seeking woman. Una ficción muy recomendable ya que escapa de las risas enlatadas de la sitcom pero que a través de la misma duración, 25 minutos, provoca carcajadas con una corriente de surrealismo muy placentera.

Tras tres temporadas en antena echa el cierre de manear obligada. Obligada por la cadena, claro. Aunque haya pasado un poco por debajo del radar del gran público. me parece una serie a reivindicar. ¿Por qué razones?

  • Ninguna serie te ofrece a Adolf Hitler como uno de los novios de tu ex (lo cual todos hemos sospechado alguna vez).
  • Ninguna serie basaría un episodio entero en recuperar tus genitales en una discoteca.
  • Ninguna serie haría que tuvieses una cita con un trol (literal)
  • Ninguna serie haría que todo el Pentágono estuviese en vilo y festejase como un gol en la final de la Champions el que consigas el número de teléfono de una desconocida en el metro.

La serie creada por Simon Rich y protagonizada por Jay Baruchel funciona en gran medida por el carisma de su pareja protagonista. Baruchel encarna a un joven de buen corazón pero un pelín alelado; Eric André por su parte es ese amigo canalla que siempre ofrece a Baruchel la oportunidad de ser más canalla.

En cuanto a la estructura funciona como una trama central a lo largo de cada temporada y se vale de diversas tramas arco a lo largo de los episodios de la misma. Cada capítulo tiene una línea argumental (suele ser la de Baruchel intentando “pillar cacho” o conociendo a alguien que puede ser su auténtico amor) que no requiere la continuidad del espectador en el siguiente capítulo.

En ese sentido se parece mucho a Scrubs, donde aunque los personajes tengan cierta evolución en el recorrido de las temporadas, no deja de ser un humor absurdo, irreverente y surrealista que se puede consumir en dosis individuales de capítulos autoconslusivos.

Además, sin que sea lo más importante, a pesar de que haya sido cancelada hace pocas semanas, su tercera temporada tiene un cierre que concluye toda la historia del protagonista y sus tramas desde el comienzo.
Si eres de esas personas que “tienen un amigo” que usa Badoo, Tinder, Adopta un tío... es tu serie. Muchas de las situaciones de las que se narran puede que te hagan sentirte identificado. Y si no, al menos pasaras un rato muy divertido.