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Elementos filtrados por fecha: Julio 2017

Estos días Twitter ardía (en realidad arde siempre) con el asunto de la influencer Dulceida y la petición que realizó a sus fans.

Dulceida es el alter ego de Aida Domenech en las redes. Es una catalana que comenzó con un blog de moda, luego subió vídeos de la misma temática a YouTube y ha terminado por ser una influencer, sea lo que sea eso a julio de 2017. En televisión fue una de las caras de la última aventura de Sara Carbonero en el programa de Telecinco Quiero ser.

Hace unos días escribió un texto en sus redes sociales instando a sus fans a que no le pidiesen sacarse fotografías con ella, ya que las vacaciones son para disfrutar y además, no estaría en unas condiciones de belleza óptimas para salir en las instantáneas.

Segundos después Twitter se convirtió en el Vesubio. Miles de legiones de fans y haters discutían como se suele discutir en esta red social, con el convencimiento de tener la razón y sin apenas autocrítica.

Achacaban lo borde y feo que sería rechazar a un fan ilusionado que solo quiere inmortalizar el momento de conocer a su ídolo. Tampoco ayudó el mínimo aprecio de la ortografía por parte de la catalana. En menos de 50 palabras el ratio de faltas era superior al grado de importancia y amor propio de un Carlos Boyero.

Esto sirvió para que tildasen a Dulceida de ignorante, de no finalizar la E.S.O. y de poner bajo duda su profesionalidad en cuanto al estilismo. Nada nuevo bajo el sol. Además criticaban sus vacaciones, argumentando que en su “trabajo” de influencer y su vida laboral en las redes son un periodo de vacaciones sin fin.

No seré yo el mayor defensor de las nuevas profesiones como youtuber, instagramer o influencer pero una cosa hay que decir. La gente que habla sobre ellas con desprecio denota un alto grado de desconocimiento. Y lo que es peor, se niega al avance. Es indudable que estos trabajos están a la orden del día. Si grabas un vídeo, lo editas, lo publicas y tienes una masa aceptable de seguidores, eso deja de ser un hobbie y puede convertirse en un trabajo. Negarlo y rechazarlo es cerrarse a la evidencia.

No justifico las faltas de ortografía. En este caso siempre pienso lo que consiguió Pep Guardiola con Coldplay. Desde su grado de iconicidad e importancia logró que a mucha gente que la música no le importaba demasiado, al menos escuchase a un grupo comercialmente bien entendido. La pena fue que Guardiola no tuviese unos gustos menos comerciales (opinión subjetiva).

Vamos al caso de la privacidad. Si estás de vacaciones y no te quieres sacar una foto con alguien… pues no te la sacas. Está claro que eres una persona reconocida y que debes cuidar estos detalles pero al fin y al cabo no eres la Reina de Inglaterra, eres alguien que sube vídeos y hace looks. Ya está. Eso no te condena a ser amable, primoroso y servicial las 24 horas del día. Ya lo decía Kurt Cobain respecto a la fama, “Quiero ir a una tienda de música a escuchar discos, el mero hecho de que me plantee no ir porque me van a reconocer es horrible. No debería ni tener que planteármelo”. También Santiago Segura habla siempre de que está harto de que la gente le grite Torrente por la calle.

Como siempre, culpa compartida entre muchos, Dulceida por no cuidar su mensaje y ortografía, los haters por ser eso, haters, los fans por ser eso, fans y la gente como yo que no tiene vida social y escribe de cosas tan intrascendentes e innecesarias como esta.

   Hace unos días se celebró el Mad Cool Festival en la Caja Mágica de Madrid. Está en boca de todos el trágico suceso de la muerte del coreógrafo y bailarín, Pedro Aunión mientras se preparaba para su espectáculo de danza aérea, previo al concierto de Green Day.

   No polemizaré en cuanto al tema de si se el festival debió seguir o suspenderse. Me parecen respetables ambas opciones. Dicho lo cual, creo que mucha gente olvida el poder de estampida de más de 40.000 personas enfervorizadas en un recinto cerrado.

   De lo que voy a hablar es de la falsa moralidad que existe en 2017. Tanto en las personas como en las empresas que tienen su actividad y herramienta de comunicación en las redes sociales. Se puede afirmar sin temor a equivocarse que están prostituyendo lo que un día Marshall McLuhan denominó como aldea global.

   Vayamos cronológicamente:

   Minutos después del fatal accidente varias personas cuelgan vídeos del suceso en Twitter. Diferentes agencias de información piden permiso para compartir y hacerse eco informativo de esos vídeos. En este sentido igual estoy chapado a la antigua pero me parece violento que te envíen un mensaje tal que así “Siento mucho lo que ha pasado. ¿Puedo publicar el vídeo? Es con carácter informativo.”

   Vale, es información, vale, el vídeo puede ayudar incluso al nivel de la víctima por si se ha producido algún fallo relativo a la seguridad, vale a todo pero… ¿Es necesario ese “buitreo”? Es como ir a un velatorio y dar el pésame preguntando en la misma frase por el servicio de cáterin.

   Se premia llegar el primero, aunque sea mentira, aunque haga trampas. Ha cruzado la meta, y da igual si ha sido de forma legal o iba dopado. En eso se han convertido una gran cantidad de medios de comunicación a día de hoy. La inmediatez por encima del rigor.

   Siguiente tema:

   Una persona con más de 60.000 seguidores en Twitter, con un canal de Youtube cercano a los 200.000 suscriptores y que se define como estratega de contenido digital publicó esta serie de tuits. No voy a decir su nombre ni poner los tuits porque creo que todos tenemos derecho a equivocarnos. Además, el tema ha tenido un revuelo que solo con poner una frase aproximada de lo que cuento, se localiza sin problema para los curiosos.

   No pongo en duda el contenido pero sí lo hago con el continente. Es necesario comentar lo innecesario de esos tuits y las lecciones de moral gratuitas. Las reflexiones de la youtuber/influencer/estratega digital son una secuencia de tres estados: shock, enfado y diversión. Aquí todo correcto, lo puedo entender, no todos encajamos de igual manera un suceso así.

   Lo que no entiendo es la necesidad de escribirlo en redes sociales. Puedo comprender el que tengas a 60.00 seguidores y que debes “alimentarlos” de alguna manera, pero también entiendo que hay cosas que no le cuento ni a mi madre, y eso es algo sagrado, no un grupo de gente que cliquea el botón de seguir.

   No todo merece la pena ser escrito y menos compartido. Si te pasa algo así, quédatelo en tu intimidad, reacciona de la manera que te lo pida tu cuerpo, pero por favor, no lo compartas para quedar bien y dar lecciones. Si lo haces, debes saber que Twitter es lo más jodido y rencoroso que puede existir en el mundo. Más incluso que una exnovia.

   No me parece reprochable su actitud. El resumen sería este: Sucede un accidente horroroso ante mí, maldigo como la gente reacciona de una manera pasiva, sigo con mi vida y me olvido. Nada que decir, es lo más normal del mundo. El error está en subirlo a tus redes sociales, más si cabe, si te denominas un estratega digital. Y no vale eso de que estás de ocio, tienes que ser como la mujer del César, no solamente serlo, también debes aparentarlo. Y amigos, en Twitter, Youtube y redes sociales en general, se aparenta, y mucho.

   Último tema:

   La paja en el ojo ajeno. El anonimato de las redes sociales te otorga el “superpoder” de meter cizaña y opinar todo lo que quieras y más. Creo que el descenso de empatía de la gente sigue una decadencia que nos llevará a una realidad que supera con creces al discurso que plantea Charlie Brooker en Black Mirror. No puedes pedir justicia, ajusticiando por tu cuenta. Y en eso, la mayoría, somos culpables.