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Elementos filtrados por fecha: Febrero 2018

La nueva serie que Netflix estrenó el pasado viernes 9 de febrero es una oda a los 90’s y a valores que tenemos que revisar. Everything sucks! es más que “Wonderwall”, es una comedia familiar que nos recuerda que hay cosas en las que aún tenemos que trabajar para que nuestra sociedad sea inclusiva y no juzgue sin conocer.

Prometía ser una nueva Stranger Things menos ambiciosa, pero superó expectativas en temas que la anterior no llegó a contestar. Es lo normal, son series diferentes, pero su unión vital es la nostalgia. Esa nostalgia en la que vivimos inmersos, donde recordamos arcades, discmans, petos de vaquero y flequillos con secadora. Y la música, claro.
Nos teletransportamos a los 90’s donde un grupo de novatos de instituto entra al club de audiovisuales y se topa de lleno con el club de drama. Sin necesidad de chocar con la topiquísima de “jocks vs. nerds” entramos en un dilema más interesante y turbulento en esos años de hormonas revueltas: los conceptos. Etiquetas personales… out.
Un personaje descubre que a lo mejor no le gusta lo que todos dicen que debe gustarle, otro eleva cada gesto a la máxima expresión sin comunicación de por medio, otros tiran de ideas antiguas sin valorar las características individuales de cada uno y otra no sabe quién es ella misma por jugar a “quiero ser”.

Son capítulos de 20 minutos, 10 capítulos. Una tarde. Mi tarde del viernes pasado. Y ¿sabéis qué? Valió la pena. No es la serie del año, ni del mes, pero es entretenida y aborda temas muy importantes para los pre-adolescentes y adolescentes de esta época tan mediatizada e influenciable. Mi hermana pequeña ya tiene la serie en su lista de pendientes, es necesario. Everything sucks! nos demuestra ser una serie familiar con suficiente trama para que la terminemos con buen sabor de boca.

Viernes, 16 Febrero 2018 14:03

Cine de San Valentín: Tinder y Netflix

Hubo una época en la que las películas de la noche de San Valentín eran protagonizadas por Meg Ryan y Tom Hanks. Luego fue Katherine Heigl… ahora… ahora no lo sé. ¿Siguen de moda las películas de comedia romántica? Sí. Pero ya no están en el cine.

¿Por qué? Gracias, Netflix.

¿Dónde quedaron las noches de cita en el cine? Ahora no sales al cine para quedar con alguien y ver una película que anticipas acabará con un final feliz, con la parejita unida después de un punto de inflexión, con amigos que influencian decisiones, con vasos de Starbucks de camino al trabajo y con muchos taxis amarillos. No llegamos ni a “Puentes de Madison”, pero esperamos un “Sleepless in Seattle”. Hace varios años ya que no vemos películas para ir de cita en la cartelera. Nada que sepamos que va a crear el suficiente drama para dejar los sentimientos a flor de piel, pero que acabe de forma positiva para que te den ganas de abrazar a quien tienes al lado. La última película que he podido ver en ese tono fue “Call me by your name” y estarás de acuerdo conmigo con que no fue exactamente tan light como para concentrarnos en atraer al otro, sino más bien introspectiva. Y a lo que aspira el cine rom-com es más bien la superficie, una metáfora perfecta para la primera quedada entre dos personas.

Sin embargo, los hábitos han cambiado. La intimidad ha crecido. Nos “conocemos” más entre nosotros. Si te gusta alguien, ya estás buscando su nombre en Google y todas las redes sociales disponibles. Encuentras su perfil y revisas todo lo público que tiene: gustos, vacaciones, fotos, vídeos compartidos, opiniones de actualidad… Te haces una idea de la persona que vas a conocer, que has visto como portada de libro en una estantería pero que ha atraído lo suficiente como para repetir el encuentro. Entonces, como ha crecido la intimidad, puede que la elección para el encuentro no sea un sitio público. Depende de gustos, preferencias y actitudes pero lo que se lleva ahora es Netflix. Es en esta plataforma donde encontramos más opciones del género. Además, teniendo este tipo de posibilidades en Netflix - que cuesta al mes lo que una entrada en día normal para el cine - y en tu propia casa… ¿qué mejor para una cita low cost? Tus palomitas del Mercadona, o cena muy elegante a domicilio, que las opciones son infinitas -, las razones para ir al cine se reducen.

Los productos audiovisuales románticos tienen fecha de caducidad, espero. Al amor romántico todavía le queda mucho para ese momento. Pero es verdad que tanto en cuanto las películas románticas desaparecen del cine a menos de que sean una película digna de premio de la Academia, la calidad cae al mismo ritmo. No vemos ‘Casablanca’ pero tampoco vemos ‘Tienes un e-mail’, ni ’27 bodas’… la moda ha caído en bucles de clichés elevados al cuadrado. Todos cis-heterosexuales, cuando se ha demostrado que el público puede disfrutar de otra cosas como fue “Call me by your name”. Queremos ver más mujeres protagonistas, no damiselas en apuros. Queremos ver más hombres cercaos a un nivel emocional que no esté en el extremo de la foto expositiva machote de Tinder ni en lo tópico de “llorón y patético que va por detrás de cualquiera”. Porque ya ni tenemos citas, ni vamos al cine, pero nos quedamos en plan manta y Netflix, y nuestra intimidad se ha abierto a todo el universo, que es muy amplio. Y San Valentín es solo una marca.

La nueva película de Luca Guadagnino es… no sé ni cómo describirlo. La historia que nos cuenta el director italiano en esta entrega nos demuestra que el amor es amor, da igual cómo, cuándo y porqué. El joven Elio pasa un verano más en una villa italiana con su familia. Su padre, profesor, acoge a un estudiante americano, Oliver, para ayudarlo en los pasos finales de su tesis sobre la cultura grecorromana. Elio es músico, es lector, es un joven en la flor de la adolescencia donde cada sensación es nueva y cada momento una nueva aventura. Oliver es el culmen de todas estas nuevas emociones, encarna lo nuevo, lo que está por venir, en forma de reflejo y de proyecto.


Guadagnino es capaz de mostrarnos una historia de amor desde 0 hasta su pleno florecimiento, todo paso a paso de tal forma que parece que en dos horas y media hemos vivido todo lo que los protagonistas en una tensión contante durante 6 semanas. Y es que esa es parte de la magia. No nos convierte en ellos, pero nos permite compartir su dolor, su confusión, su alegría y re-vivir (o hacerlo por primera vez) esos primeros picores de lo que es sentirnos enamorados. O simplemente, atraídos. Son las mariposas en el estómago, el esperar lo mejor de cada decisión, el roce de las manos o una mirada que parece que te atraviesa. Elio vive el despertar erótico como cualquier joven con una capacidad intelectual y libertad cultural más allá de lo común. Sus padres lo apoyan, sin importar convenciones sociales restrictivas, están allí para él de forma incondicional. Paseos por el pequeño pueblo italiano en pleno verano, largas tardes junto al río, noches con amigos y música, leer por la mañana durante un desayuno digno de reyes… ¿Acaso no es un sueño?


“Call me by your name”, frase que nos acerca a esa catarsis que nunca vemos realizada frente a nuestros ojos, da nombre a este filme nominado a Mejor Película por la Academia. ¿Catarsis dónde? Realmente, emociones tan intensas como las que vemos en la relación de Elio y Oliver no se ven finalizadas. Crecen, se reproducen, se transforman, pero nunca tienen un punto álgido en el que puedas decir: al fin. Muy muy cerca, pero no lo llegas a tocar, porque todo es temporal. Oliver se irá y vivirá una vida diferente, guardando los días con Elio como un bonito recuerdo, como una nectarina (no diré nada que luego me tacháis de spoiler). A lo mejor es mejor no alcanzarlo nunca. A lo mejor guardar con tantísimo cariño esas experiencias es la opción más adecuada. A lo mejor nunca deberíamos hacer lo que es mejor. Esta película es un revoltijo de emociones tan cercano a nuestra propia experiencia que abruma. Es Sufjan Stevens en las montañas. Es… el amor de verano que más empatía podría despertar en el cuerpo de todos, da igual creencia y condiciones.

La nueva película y debut en dirección de Aaron Sorkin es una delicia de trama y brillantes actuaciones. Como siempre, Sorkin nos presenta a una protagonista que es buena en todo lo que se proponga, y que si tiene un fallo va y lo arregla. Un personaje tenaz, benévolo, que no tiene miedo de ir a la cárcel mientras su nombre siga limpio. Ella es Molly Bloom, y es la princesa del póker.
Molly Bloom (Jessica Chastain) es hija de un psiquiatra súper exigente, que pretende que sus hijos sean lo mejor académicamente y en deportes. No hay descanso para las evaluaciones, Molly y sus hermanos parecen pequeños conejillos de indias de este médico que quiere que su vida se vea rodeada de perfección. Así crece la protagonista, esforzándose cada día en ser algo que jamás podrá llegar a ser solo para contentar a su padre. Surgen las riñas innecesarias, irse de casa y la frustración constante.
Es precisamente la frustración la que lleva a una joven Bloom a Los Ángeles a buscar trabajo antes de entrar a la escuela de abogados. Y es allí donde encuentra la forma de estar ocupada. Porque no es para ser feliz, es simplemente una forma de ganar dinero, hacerse notar y enterarse de cosas. Que tampoco le van a servir de mucho, pero que como buena droga crean dependencia y adicción. Empieza a organizar timbas de póker, le caen propinas por todos los lados, y gracias a observar muy atentamente, se da cuenta de lo fácil que es manipular a los jugadores compulsivos.
Divorcios, banca rota, crisis nerviosas… todo en una misma mesa, y nada que ver con ella. Molly queda absuelta de cualquier rumor, de cualquier escándalo que tenga que ver con sus jugadores millonarios, estrellas de cine o referencias del mundo financiero. Ella solo mira y escucha. Hasta que lo pierde todo.
Su obsesión por la perfección llega hasta límites que la llevan a ella misma a consumir drogas para poder aguantar las largas jornadas de juego. Buscar nuevos jugadores se convierte en una estrategia riesgosa donde llegan a colarse miembros de la mafia. Y ella, de alguna forma u otra queda salpicada por todo lo que sucede en su presencia, donde ella reúne a todas esas piezas de la peligrosa jugada de ajedrez.
Para que Molly se vea redimida necesita que su padre le pida perdón, necesita salir de la condena penal que le han impuesto y necesita mantener su nombre limpio. Todo eso con la ayuda de un abogado (interpretado por Idris Elba) que la ve mejor que un espejo, y que la acompaña por todo este proceso de purificación personal.
Son las imperfecciones las que nos hacen únicos. La búsqueda de lo perfecto es inútil, es frustrante y solo nos lleva a caminos que piden más de lo que podemos dar. Y Molly Bloom nos demuestra que en el éxito no está la felicidad.