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Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero.

Vivo ya fuera de mí,
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí:
cuando el corazón le di
puso en él este letrero,
que muero porque no muero.

Esta divina prisión,
del amor en que yo vivo,
ha hecho a Dios mi cautivo,
y libre mi corazón;
y causa en mí tal pasión
ver a Dios mi prisionero,
que muero porque no muero.

¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel, estos hierros
en que el alma está metida!
Sólo esperar la salida
me causa dolor tan fiero,
que muero porque no muero.

¡Ay, qué vida tan amarga
do no se goza el Señor!
Porque si es dulce el amor,
no lo es la esperanza larga:
quíteme Dios esta carga,
más pesada que el acero,
que muero porque no muero.

Sólo con la confianza
vivo de que he de morir,
porque muriendo el vivir
me asegura mi esperanza;
muerte do el vivir se alcanza,
no te tardes, que te espero,
que muero porque no muero.

Mira que el amor es fuerte;
vida, no me seas molesta,
mira que sólo me resta,
para ganarte perderte.
Venga ya la dulce muerte,
el morir venga ligero
que muero porque no muero.

Aquella vida de arriba,
que es la vida verdadera,
hasta que esta vida muera,
no se goza estando viva:
muerte, no me seas esquiva;
viva muriendo primero,
que muero porque no muero.

Vida, ¿qué puedo yo darle
a mi Dios que vive en mí,
si no es el perderte a ti,
para merecer ganarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues tanto a mi Amado quiero,
que muero porque no muero

 

Son muy pocas las composiciones en verso que se conservan de Santa Teresa y muchas de ellas son de dudosa atribución, ya que circulaban por tradición oral entre los conventos y no se recopilaron hasta el siglo XVIII.

El poema más conocido de la autora es la glosa "Vivo sin vivir en mí", composición octosilábica que presenta la forma propia de un villancico, con estribillo y mudanza (que muero porque no muero) que se va repitiendo al final de las siguientes estrofas. Este poema está vinculado al trance místico, el tema principal es la unión perfecta con Dios que solo puede producirse con la muerte. Aunque el poema tiene la apariencia de las tradicionales composiciones amorosas, Santa Teresa habla sobre su amor a dios; es un amor a lo divino.

En el primer verso (vivo sin vivir en mí) presenta la paradoja que para ella supone la vida como impedimento para unirse a Dios. A continuación, sigue exponiendo en cada estrofa nuevos matices sobre el tema: el rechazo a lo terrenal (2ª estrofa), la superación de la fase iluminativa y el deseo de alcanzar aún mayor unión con Dios (3ª estrofa), el desprecio por el cuerpo y la vida que la separan de Dios (4ª estrofa) y finalmente, en la última parte ruega a la vida que la abandone para poder alcanzar la unión perfecta con Dios.

En cuanto al lenguaje y el estilo, Teresa utiliza un vocabulario espiritual pero con un estilo sencillo, carente de todo alarde retórico.

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