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La localización en una cripta del convento de las Trinitarias Descalzas de Madrid de algunos huesos que dicen que podrían pertenecer a Miguel de Cervantes ha levantado una polvareda mediática absolutamente comprensible, un debate que gracias a la inmediatez de las redes sociales y de los medios digitales ha llegado al último rincón del planeta en tiempo récord...

Admirador confeso de la obra de Cervantes, a la que me acerqué siendo niño por obligación, al igual que otros miles de niños de mi generación, que estudiábamos el personaje y sus obras tanto en la extinta EGB como en el finiquitado BUP, entiendo que el descubrimiento de parte de sus huesos mezclados junto a los de otras 16 personas en la fosa común descubierta en los bajos de la cripta del convento madrileño, representa un acontecimiento cultural de primer orden. Innegable e incuestionable.

Sin embargo, la estupenda noticia de carácter cultural y científico, portada de periódicos y de informativos de medio mundo, hay que tomarla también con exquisita cautela en mi modesta opinión. Queremos creer que entre ese conjunto de fragmentos y esquirlas de huesos se encuentran los huesos del español más universal, creador de personajes que forman parte de la historia universal como Don Quijote de la Mancha, Dulcinea o Sancho Panza, y de muchos otros menos populares. Todo apunta a ello; los testimonios existentes, la certeza documental de que en la cripta estaba enterrado, más o menos en el lugar donde se cree que sus restos fueron trasladados años después de su entierro.

Y en el subsuelo de la cripta se han localizado huesos correspondientes a enterramientos nada menos que en tres niveles distintos. En el último y más profundo parece encontrarse la respuesta. Otra prueba documental que avala la teoría de que los restos de Cervantes descansan en esta fosa es la reciente localización del Libro de Difuntos de la Iglesia Parroquial de San Sebastián de Madrid; en ella aparece un listado de 17 personas enterradas en la primitiva iglesia del convento de las Trinitarias. El nombre de Miguel de Cervantes es uno de los que aparece en ese listado; la verdad es que los restos ahora localizados sí que parecen encajar con los del grupo mencionado.

La realidad es que el grupo de expertos reconoce que no tiene la certeza al cien por cien, que pruebas que podrían resultar concluyentes como la del ADN no son factibles ni se pueden cotejar; tampoco es posible diferenciar sus restos de los otros 16 cuerpos enterrados en la misma fosa. El equipo que ha dirigido el antropólogo forense Francisco Etxebarria y la arqueóloga Almudena García Rubio no ha proporcionado conclusiones 'definitivas' sobre el fruto de su trabajo y me pregunto. ¿Podemos considerar la documentación encontrada, a falta de otro de pruebas, como base suficiente para sostener la teoría de que repartidos entre ese conjunto de huesos se encuentran los de Cervantes? Me gustaría pensar que sí, pero entiendo que la duda va a persistir siempre a falta de una argumentación más contundente.

Y con este debate abierto, surge ahora una segunda pregunta: ¿Qué va a pasar ahora? Escucho que los comerciantes del entorno se frotan ahora las manos pensando en el suculento negocio y las perspectivas que se abren, sabiéndose vecinos de un lugar que puede convertirse en poco tiempo en lugar de peregrinación de turistas, lectores, curiosos y devotos de Cervantes.

Pero he de reconocer que sí he disfrutado escuchando y leyendo las distintas y enfrentadas reacciones que este descubrimiento ha despertado en el mundo cultural. Autores como Caballero Bonald han alimentando el debate entendiendo que no es necesario ni recomendable localizar restos de ilustres de la cultura española y apuesta por "hacer justicia a la personas". Una opinión más práctica es al que maneja el ministro de Cultura. José Ignacio Wert aventura que este descubrimiento podrá generar un peregrinaje cultural, como sucede en el Reino Unido con William Shakespeare, cuya tumba es un auténtico hito.

Mi opinión coincide con aquellos que piensan que el mejor homenaje que se puede hacer a un escritor es leer y divulgar su obra. Yo, al menos, es lo que pretendo hacer.

 

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