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La poesía no es mi fuerte. Es tan cierto como que me llamo Jesús. Desconozco si se trata de ausencia de sensibilidad ante un género que pretende llegar al corazón antes que a la razón. Echando la vista atrás, recuerdo como aquellos libros de lengua y literatura de los años 70 hacían un esfuerzo titánico por hacer llevar al lector/ estudiante unas nociones mínimas de lo que era la poesía, sus características, sus protagonistas, movimientos sociales y poéticos… En definitiva, tanto éste como otros manuales del mismo tipo ofrecían un amplio abanico de opciones para acercarse al verso. “El hombre, a lo largo de su historia, ha llevado al papel sus sentimientos; ha querido dejar constancia escrita de aquello que pensaba y sentía”. Este mensaje, más o menos literal, era el que se defendía desde los manuales a la hora de presentar a los futuros ballicheres los principios de un género literario universal.

Correcto. Nadie lo discute ni tampoco le quita mérito. Así que no seré yo quien me atreva a enunciar un mínimo ‘pero’ por el simple hecho de que mi escasa sensibilidad me lleve a mostrar mi indiferencia ante el alcance de obras poéticas de autores universales. Reconozco que solo siento tristeza ante el hecho evidente de que un verso cargado de emoción y capaz de derretir un iceberg no llegue a emocionarme lo más mínimo. Por mi trabajo, he tenido la oportunidad de hablar con numerosos periodistas y escritores; muchos de ellos, incluso, han hecho sus pinitos en la poesía. Y me quedo con el mensaje que me han llegado a transmitir en conversaciones más o menos informales: el poeta nace, no se hace. Yo doy la vuelta a este enunciado y añado. El lector de poesía también nace, no se hace. Da igual los intentos que uno haga por acercarse al género; como no te guste, estás ante una batalla perdida.

Sin embargo, creo que poco a poco, estoy viendo tímidamente la luz en mi largo camino emprendido hacia la poesía. Y, curiosamente, ha sido a raíz de un método tan ajeno a mí como es el tecnológico. Recientemente, tuve la oportunidad de participar en la conmemoración del Día Mundial de la Poesía, conmemoración de ámbito mundial creada por la Unesco y a la que el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua se quiso sumar por primera vez.

Una aparentemente simple postal de cartón representa la vía de acceso a un poema del premio Cervantes José Manuel Caballero Bonald. Una captura de la imagen a través de un smartphone –¿quién no lo tiene a estas alturas? pregunto- después de descargarse una aplicación gratuita de realidad aumentada permite obrar el milagro. El poema cobra vida y el oyente, con asombro contenido, tiene la opción de escuchar directamente de su teléfono móvil como las palabras que el autor creó cobran vida propia.

Este milagro de la tecnología tiene detrás a un puñado de amantes de la poesía, que se integran en el colectivo OcupacciónPoética. Su amor al género y su disfrute a través de las nuevas tecnologías de realidad aumentada constituyen sus señas de identidad. En Burgos y en otras muchas ciudades, sus colaboraciones han permitido que muchos puedan descubrir y disfrutar de la poesía desde una óptica nueva y renovada. Y, al igual que sucede con el libro electrónico, lo importante siempre es el contenido más que el continente. El formato importa, aunque nunca es definitivo. Me empieza a gustar la poesía…

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