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Los lectores estamos de enhorabuena, al igual que la narrativa hispánica contemporánea, que se nutre y enriquece desde hace pocas semanas de un nuevo título de uno de los autores españoles más representativos de las últimas décadas. El catalán Eduardo Mendoza se asoma de nuevo a las librerías con un libro bajo el brazo; un título que recupera a uno de sus personajes más representativos, que le viene acompañando desde hace casi cuarenta años, cuando en el ya lejano 1979 el público pudo conocer en 'El misterio de la cripta embrujada', a uno de los personajes literarios que más huella han dejado en el público lector.

'El secreto de la modelo extraviada' (Seix Barral) supone para el escritor barcelonés regresar a su particular universo surrealista de la mano de este simpar detective que carece de nombre, adicto a la pepsicola y residente habitual de un manicomio del que suele salir de forma esporádica para resolver complejos y entramados casos policiales. Así lleva desde hace años, asomándose periódicamente a las estanterías de las librerías para deleite de los lectores con un personaje que, al igual que su creador, ha ido evolucionado con los años, envejeciendo y ganando experiencia; continúa moviéndose con soltura por una Barcelona insólita e irreconocible, lejana a la que conoció, donde de nuevo vuelve a verse rodeado de su grupo de fieles acompañantes, personajes que oscilan entre el esperpento y el bochorno pero capaces de despertar siempre ternura y simpatía.

Dice el autor que su detective sin nombre es, sobre todo, un cronista; alguien que ha hecho de la picaresca su forma de vida habitual y que carece de cualquier bien material; ni tiene nada ni busca tampoco nada. Se mueve por el mundo sin dinero, cual andrajoso que apenas tiene donde caerse muerto, que recurre a su inteligencia natural para desenvolverse por el mundo sin hacer ruido y conseguir lo imposible, resolver casos francamente complejos y de difícil resolución sin recursos de los que echar mano. Los primero críticos de esta nueva obra literaria han dicho que Mendoza vuelve a abordar el pasado sin nostalgia, encarando el presente con la dosis de sátira habitual que acompaña siempre a su personaje. Mendoza se ha sincerado en alguna entrevista y dice que él se identifica con todo aquello que escribe.

Dice sentirse un gamberro que viste de traje y corbata, y es plenamente consciente de que el género del humor en la literatura necesita su tiempo para conseguir que funcione. Trasladar al papel situaciones que visualmente pueden resultar interesantes o divertidas no es tarea sencilla y quien escribe lo sabe.

Me considero un seguidor de la obra literaria de Eduardo Mendoza desde hace más de treinta años; no creo que exagere si digo que para mí es el autor más importante que tiene este país, un talento literario reconocible y admirado. Pocos autores tienen como él el mérito de saber cambiar de registro con tan soltura, de pasar de libros 'gamberros' a obras serias sin perder un ápice de calidad.

Es una cualidad que solo tienen los grandes y Eduardo Mendoza lo es. Todavía no he tenido la oportunidad de conocer este nuevo trabajo, aunque es muy difícil que el autor de 'La ciudad de los prodigios', a mi juicio una de las novelas españolas más importantes del siglo XX, me defraude. Enhorabuena por el libro.

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