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Medio siglo cumple el Diccionario de Uso del Español (DUE), aunque quizás resulte más sencillo si me refiero a él con su definición coloquial ‘el María Moliner’, exponente del faraónico proyecto que una mujer, María Moliner, emprendió en solitario armada únicamente por un papel, una máquina de escribir portátil y un par de atriles. Un trabajo colosal que asombró a propios y extraños y que consumió quince años de su vida, mucho más de los seis meses que ella misma se había dado para llevar a cabo esa empresa que marcaría su vida y, por ende, la de millones de personas que encontraron en su obra las referencias y la sencillez que muchas veces no encontraban en las definiciones que aportaba la voz oficial, el Diccionario de la Real Academia de la Lengua (DRAE).


Visto con la perspectiva que ofrece el tiempo, el esfuerzo que puso en marcha María Moliner, sin contar apenas con recursos adquiere proporciones mastodónticas. El hecho objetivo de que esta maestra y bibliotecaria de ideología republicana, aparcada en un destino laboral rutinario, llevara a cabo desde su puesto en la biblioteca de la Escuela de Ingenieros de Madrid, una tarea de esta magnitud prueba también que supo encontrar el incentivo necesario para llevar a cabo esta empresa desde las condiciones más adversas.


Su mayor logro fue posiblemente saber crear un estilo propio, práctico y moderno, que recogía en muchas ocasiones el habla de la calle. Un estilo que María Moliner supo imprimir a todas y cada una de las definiciones, con explicaciones claras y sin pretensiones, utilizando un léxico accesible para todo tipo de lector, aunque en ningún caso vacío de contenido, o falto de sentido del humor y elegancia. Nada más lejos.


Esta joven bibliotecaria comenzó en 1952 la que sería su gran obra, con una idea en mente. Que su diccionario fuera una herramienta capaz de guiar en el uso del español tanto a los que tienen esta lengua como idioma propio y también a quienes lo están aprendiendo. Una labor lenta y farragosa, miles y miles de fichas que fue escribiendo y ordenando poco a poco, teniendo en muchas cosas al periódico como fuente de inspiración; ahí se encontraba la forma de hablar y de comunicarse del pueblo en estado puro, el idioma vivo que se emplea en la calle en un uso cotidiano.


Encontró en Dámaso Alonso un apoyo firme. Director entonces de la Biblioteca Románica Hispánica de la editorial Gredos, dio un impulso decidido a este proyecto, que finalmente vería la luz en dos volúmenes, publicados entre los años 1966 y 1967. Nada más salir a la luz el Diccionario de Uso del español, escritores como Miguel Delibes o Francisco Umbral comenzaron a mostrar su fervor por él. Comprobaron su utilidad y su sencillez, y, sobre todo, vieron cómo era capaz de romper con la costumbre de definir los términos empleando frases enrevesadas y estereotipadas, ajenas al uso común.
Sí que merece la pena también recordar la importancia que la cultura tuvo en su vida y cómo también la marcaron profundamente las circunstancias que vivió. Era una mujer comprometida, que no dudó en impulsar la creación de una red de bibliotecas rurales. Entre 1918 y 1921 cursó la Licenciatura de Filosofía y Letras en la universidad de Zaragoza (sección de Historia), obtuvo un sobresaliente y Premio Extraordinario. Al año siguiente, ingresó por oposición en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, y obtuvo como primer destino el Archivo de Simancas. De ahí pasó al Archivo de Hacienda de Valencia, donde conoció al que sería su marido, Fernando Ramón y Ferrando, catedrático de Física. Poco después, tras nacer sus hijos, se implicó en empresas culturales que nacen con el espíritu de la II República. La Guerra Civil torcería su destino profesional viéndose degradada en su puesto.


Es en la década de 1950 cuando comienza la que sería su obra más luminosa en aquellos años de dictadura: el Diccionario de Uso del Español (DUE), en cuyos dos tomos se incluyen 1.750 entradas y más de 190.000 definiciones. Una de las mayores injusticias que sufrió fue que la RAE no contara con ella. Pese a estar postulada por pesos pesados de la cultura como el citado Dámaso Alonso, Rafael Lapesa o Pedro Laín Entralgo, sería finalmente Emilio Alarcos Llorach quien se hiciese un hueco en la institución.

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