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He comentado en varias ocasiones en este espacio mi pasión por la ciencia ficción, género a veces incomprendido y maltratado, pero que siempre ofrece gratas sorpresas. Uno de los inagotables temas clásicos en el género de todos los tiempos, recurrente y siempre eficaz, ha sido el de los viajes en el tiempo y sus inevitables consecuencias. El planteamiento de volver atrás, conocer la historia e intentar mantenerla inalterable, constituye siempre un punto de vista atractivo, que abre la puerta a cientos de posibilidades.


Soñar con conocer a los protagonistas de la historia, poder vivir en primera persona episodios que han marcado época o, simplemente, conocer a nuestros padres o abuelos o vecinos en determinada época supone un atractivo para cualquier persona: ¿Quién no ha pensado en alguna vez en qué haría si viajara al pasado, como actuaría, qué cambiaría? Por todas estas razones, el subgénero de los viajes en el tiempo goza de una salud de hierro, tanto en cine como en literatura, y no parece que vaya a desaparecer el género.


Todo este extenso preámbulo viene a colación de la novela ‘El apagón’ (Nova), título de la laureada escritora estadounidense Connie Willis, que recupera a sus personajes más populares, tres historiadores de la Universidad de Oxford, que transitan por el Londres de la Segunda Guerra Mundial, bajo el efecto de incesantes bombardeos. Michael Davies, Polly Churchill y Merope Ward se han trasladado desde el 2060 actual con la obligación moral de no influir en los acontecimientos para no cambiar nada, limitándose a ser testigos de los hechos.


El libro, que ha sido reconocido por los premios Locus, Hugo y Nébula, los tres galardones literarios más importantes de la ciencia ficción, hace olvidar al lector que se encuentra ante un libro de género. De hecho, se lee como una novela histórica en la que podemos conocer con bastante grado de detalle cómo fue la evacuación británica de Dunquerque (entre mayo y junio de 1940), el Blitz londinense (de septiembre de 1940 a mayo de 1941) y el envío de niños a lugares alejados para protegerlos. Pero sucede algo que hace que los planes no salgan como estaban previstos; de ahí el porqué de la novela...


Los protagonistas no podrán volver a su realidad, ya que los portales que tienen para acceder a su tiempo no se abren con la facilidad deseada. El continuo espacio-tiempo es delicado y los portales empleados no se abren como una puerta cualquiera; no se puede acceder si el lugar de destino es un punto de divergencia, es decir, que afecta a un suceso crucial en el desarrollo de la guerra y que, por acción u omisión de los viajeros, podría cambiar su curso y, por tanto, el futuro. Esto genera desfases temporales de horas, días o semanas, de modo que no se pueda interferir en el rumbo de los acontecimientos...


Pero queda claro que todo viaje en el tiempo implica que algo se cambia... y eso es lo que padecerán los tres protagonistas en sus nuevas misiones, sufrimiento compartido por el lector desde el primer momento, que asiste sin comprender por qué no pueden volver, mientras sufre el efecto de los bombardeos en sus carnes, encerrados en un tiempo que no es el suyo, y sin saber si finalmente podrán salir. Aunque con lo que se disfruta de verdad en ‘El Apagón’ es con la intrahistoria, con el día a día de los personajes cotidianos, de los británicos que se resisten y se aferran a la vida frente a la invasión nazi. En definitiva, lo que nos podría pasar a cualquiera en cualquier ciudad de cualquier país, y que solo pensarlo pone los pelos de punta.

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