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Saturnino García es un todoterreno de la interpretación. Con la frontera de los 80 años rebasada, no para de trabajar. Es un actor de género, el eterno secundario del cine español que todos recordamos haber visto en docenas de películas y series en los últimos años, aunque nos cueste ponerle nombre. La fama le llegó tarde. Con más de 60 años cumplidos se dio a conocer para el gran público cuando sus compañeros de profesión le concedieron en 1995 el premio Goya al mejor actor revelación por su interpretación en la película ‘Justino. Un asesino de la tercera edad’, galardón que recibía de manos de Fernando Guillén Cuervo y Pastora Vega.

La película que firmaba ‘La Cuadrilla’, grupo integrado por los directores Santiago Aguilar y  Luis Guridi, le llevó al firmamento del cine patrio y le proporcionó la popularidad de la que carecía con uno de los papeles con los que se encuentra más en deuda, como él mismo ha reconocido en varias entrevistas. Sin embargo, la nómina de directores que han trabajado con resulta extensa y un auténtico lujo. Fernando Urbizu, Álex de la Iglesia, Fernando Fernán Gómez, Daniel Calparsoro, Manuel Gómez Pereira, Agustín Díaz Yanes y Carlos Saura  conocen bien la calidad de su trabajo y han contado con él en películas que todos recordamos.

Su presencia se puede rastrear en películas que gozan en ocasiones del calificativo de clásicas como ‘Matías, juez de línea’ (1996); ‘El día de la bestia’ (1995);  ‘Boca a boca (1995); ‘Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto’ (1995); ‘Así en el cielo como en la tierra’ (1995); ‘Siete mil días juntos’ (1994); ‘Todo es mentira’ ‘Acción mutante’ (1993), ‘Todo por la pasta’ (1991); ‘Amantes’ (1991) o ‘El viaje a ninguna parte (1986). Y hasta en la mítica serie ‘Curro Jiménez’ ha dejado su huella.

Coincido con él en Aranda de Duero, donde acude a pronunciar el monólogo ‘Humor y vino en poesía’, una propuesta que desde hacer años promueve el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua y el Ayuntamiento de la capital ribereña con la idea de difundir la relación que siempre ha existido entre el vino y distintos tipos de manifestaciones culturales.

Su ritmo de trabajo es frenético. De hecho, enlaza el viaje al municipio burgalés con el rodaje de la última película de José Luis Cuerda, con el que ha estado trabajando en Toledo durante los últimos días, acompañado de un reparto de primera.

Su apariencia frágil resulta equívoca y tiene una mirada que perfora. Su imagen de persona cascarrabias oculta a un hombre sencillo, que habla con naturalidad de su profesión y de sus compañeros, sin rasgo alguno de divismo y con aplomo suficiente y capacidad probada para seguir sorprendiendo al público. Recordar sus interpretaciones cargadas de fuerzas en personajes de fuerte personalidad impone una actitud de respeto.    

Solo en el escenario, frente a un público que conoce bien su trayectoria, levanta en poco más de una hora un repertorio poético compuesto por textos de autores clásicos que han dedicado su tiempo y su esfuerzo a loar el mundo del vino y a todos los beneficios inherentes a su consumo, aunque quizás no siempre en la moderación necesaria. Los versos de Agustín de Foxá, de los Hermanos Álvarez de Quintero, de Luis de Góngora, de Francisco de Quevedo, de Jorge Manrique, de Miguel de Cervantes, de Charles Baudelaire, del Arcipreste de Hita y de Gonzalo de Berceo cobran nueva en la emocionante interpretación de este mago de la escena, capaz de pasar de un autor a otro con la sencillez de un profesional que conoce a fondo su trabajo y que, como sucede con el buen vino, mejora con el tiempo.  

 

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