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Elementos filtrados por fecha: Octubre 2016

Durante unas horas, la capital burgalesa acogió un acto institucional académico de los que están llamados a perdurar en la memora colectiva de una ciudad. El escritor peruano Mario Vargas Llosa, y el periodista Iñaki Gabilondo, dos de las figuras más representativas de la literatura y el periodismo contemporáneos, eran homenajeados el 20 de octubre por la Universidad de Burgos en un acto en el que ambos eran nombrados doctores ‘Honoris Causa’, un reconocimiento académico reservado a los más grandes y que, sin ningún atisbo de duda, está perfectamente justificado en ambos casos ya que suman méritos más que sobrados en sendas carreras cargadas de éxitos y reconocimientos profesionales.

Un honor compartido por dos de las voces más reconocibles de la cultura, que más han hecho en los campos de la literatura y el periodismo, dos géneros más cercanos de lo que parece y que en muchas ocasiones incluso confluyen de forma contundente. Especial acierto tuvo el maestro de ceremonias, el rector Manuel Pérez Mateos, cuando en el acto de investidura como nuevos miembros del claustro se refirió a ambos como “buscadores de la verdad”.   

El escritor Mario Vargas Llosa, peruano de Arequipa, premio Nobel, autor de títulos míticos que forman parte de la historia de la literatura universal con mayúscula, popular y reconocible, defendió en su intervención en el Aula Magna de la Universidad de Burgos la vigencia de la literatura, por considerar que constituye un instrumento fundamental de sociedades que quieren continuar siendo democráticas. No faltaron en sus palabras los elogios a la institución universitaria por lo que representa de refugio literario, dejando claro que esta institución fue para él un lugar cálido y estimulante a la hora de fomentar su vocación literaria.

El claustro de la Universidad de Burgos cuenta también con la flamante incorporación del periodista donostiarra Iñaki Gabilondo, uno de los comunicadores que más huella han dejado en los últimos años tanto en los medios de comunicación como en la propia sociedad, sin el que sería difícil comprender la democracia tal y como lo conocemos. Durante cuatro décadas, ha volcado su conocimiento y su saber hacer en medios públicos y privados con un trabajo que es sinónimo de honestidad y compromiso profesional en busca de la verdad.  

Su intervención institucional estuvo plagada de grandes verdades –a veces incómodas- del periodismo actual, que sigue un camino complejo y difícil marcado en muchas ocasiones por la escasez de recursos de las empresas periodísticas a la hora de hacer frente y de garantizar la calidad de la comunicación. No olvidó tampoco comentar los profundos cambios a los que se encamina la sociedad, donde la velocidad ‘supersónica’ parece dirigir cualquier tipo de acción. Un espacio donde la banalización parece ir acompañada de la trivialización, y donde la sociedad parece convertida en un espectáculo. En definitiva, la Universidad de Burgos ha hecho justicia con dos maestros en sus respectivos campos.   

El escritor gaditano Felipe Benítez Reyes (Rota, 1960) ha regresado a la novela, casi diez años después de su última incursión en este género, por la puerta grande con una pequeña obra de arte literaria, un libro de deliciosa lectura que se disfruta párrafo a párrafo y página a página, manteniendo el ritmo narrativo y ofreciendo un auténtico recital idiomático.

‘El azar y viceversa’ (Destino) es el título de su reciente publicación, donde vuelve a demostrar el absoluto dominio que posee del lenguaje, convirtiendo una historia sencilla en un retrato de una época reconocible, en la que tienen cabida desde la ironía a la tragedia, y que se saborea poco a poco con una sonrisa permanente en el rostro.

No es ninguna sorpresa que el libro derroche calidad. Benítez Reyes es un veterano de las letras, un filólogo que maneja con sutileza y maestría todos los resortes del lenguaje, y capaz como pocos de crear y hacer creíbles personajes simplemente antológicos. El autor, que me maravilló hace años con ‘Mercado de espejismos’ (2007), parodia de las novelas de trasfondo exotérico y merecido Premio Nadal, y también anteriormente con ‘El novio del mundo’, (1998), títulos de corte muy distinto ambos, regresa a los escaparates de las librerías con una historia cargada de sinceridad. Una novela de las que perduran en la memoria.

Poeta, articulista en prensa y traductor son otras facetas profesionales del autor gaditano, que se despacha en esta ocasión con una historia de ficción aparentemente sencilla, y posiblemente cercana al propio autor en el aspecto puramente personal si atendemos a la época, la historia y la ubicación de la ficción. Una obra que, es justo decirlo, permite varias lecturas y que no deja indiferente a nadie.

De la mano de un particular pícaro del siglo XX, Benítez Reyes consigue hacer un retrato detallado de una sociedad en plena transformación, que bullía y que cambiaba a marchas forzadas buscando alcanzar una modernidad desconocida. Las páginas de la novela retratan a una sociedad que dejaba atrás décadas de franquismo, de la mano de una juventud desbocada y desinhibida que lucha por adaptarse a un tiempo nuevo, que escucha la música que llega del otro lado del Atlántico, que se familiariza con las drogas y que normaliza el sexo. En definitiva, somos testigos a través de sus páginas de una sociedad que luchaba a marchas forzadas por dejar atrás el empobrecimiento y la ignorancia, pero anclada también en el pasado reciente por numerosas contradicciones.

La pequeña localidad gaditana de Rota, condicionada por la presencia permanente en sus inmediaciones de la base militar norteamericana, sirve de escaparate a las correrías de este joven buscavidas cuya vida transcurre sin rumbo fijo, dando bandazos junto a sus compañeros de viaje en un trayecto cuajado de baches al que se asoman personajes tan pintorescos como reales. De la mano del protagonista y de sus denodados esfuerzos por sobrevivir disfrutamos de una historia reconocible y más cercana de lo que pueda parecer.

El veterano escultor salmantino Venancio Blanco se desplazó a la Abadía benedictina de Santo Domingo de Silos para presentar su trabajo dedicado a recordar al escritor español más universal. La sala de exposiciones del claustro de este monasterio burgalés acoge desde el 29 de septiembre ‘Venancio Blanco. Una mirada a Cervantes’, una exposición que compendia  la obra que el nonagenario artista realizó en distintas épocas de su vida para recordar el particular universo de Cervantes. Se trata de una original exposición que se suma a los multitudinarios y numerosos homenajes que se están haciendo al escritor, coincidiendo con los actos programados en 2016 cuando se cumplen 400 años de su fallecimiento. Actos institucionales de distinto tipo y magnitud que se suceden sin tregua a lo largo y ancho de la geografía española, ante una fecha emblemática que sirve de excusa perfecta para recordar al escritor más reconocible del mundo y a su legado literario.

Y este pequeño y coqueto rincón de la provincia burgalesa, cargado de paz y espiritualidad, lugar de descanso, silencio y también espacio de reflexión, se convierte durante los próximos dos meses en un espacio privilegiado para poder acercarse a la figura de dos artistas con mayúsculas. El escritor Miguel de Cervantes, traducido a todos los idiomas imaginables y referencia universal de las letras españolas, y Venancio Blanco, un hombre de nuestro tiempo, con una dilatada trayectoria artística que comenzó a principios de los ya lejanos años 40 y que constituye una referencia viva en el arte contemporáneo español. Un hombre sencillo como este salmantino natural de Matilla de los Caños del Río comparte también con el escritor de Alcalá de Henares otra pasión: su amor por Roma.

Al igual que hiciera Cervantes en 1569, cuando llega a la capital italiana para ponerse al servicio del cardenal Acquaviva y servir posteriormente como soldado, Venancio Blanco realiza cientos de años después el mismo periplo. Su primer viaje a Roma está datado 1941, aunque acudirá posteriormente a la capital italiana a impregnarse de arte en 1957 y 1959. Y después, en los años 80, regresará de nuevo, convertido en director de la Academia de España. Ese vínculo que comparte con Cervantes se hace también perfectamente distinguible en Silos.

Curiosamente, las obras que se exponen en esta sala son consecuencia directa de un encargo profesional; el recibido en 2005 del Ayuntamiento de Valdepeñas para que realizara un monumento público de grandes dimensiones dedicado a Miguel de Cervantes. Los dibujos y bocetos previos que realizó, fotografías de gran formato que le muestran en pleno proceso creativo, bocetos en porexpán a tamaño real, y sus particulares y ya populares dibujos realizados en sencillas  servilletas de bar integran este homenaje lleno de sinceridad y de pasión por Cervantes y sus personajes más representativos.        

Venancio Blanco es un hombre que transmite paz. Su figura menuda es un contrapunto a una obra artística monumental que se reparte por infinidad de países donde ha dejado su impronta. Su perenne sonrisa en un rostro lleno de vida transmite una pizca de picardía y de conocimiento despojada por completo de solemnidad. No duda en coger cualquier papel que tenga más a mano para hacer realidad sin esfuerzo y en pocos segundos un boceto que es una auténtica obra de arte. Sin duda, un artista irrepetible que todavía tiene mucho que aportar.