¡Atención! Este sitio usa cookies y tecnologías similares.

Si no cambia la configuración de su navegador, usted acepta su uso. Saber más

Acepto

wrapper

Elementos filtrados por fecha: Noviembre 2016

Eduardo de Ontañón (1904-1949) es uno de los profesionales burgaleses del periodismo que más huella dejaron con su trabajo en la primera mitad del siglo XX y no únicamente en su ciudad y provincia, sino que el esfuerzo de su trabajo profesional fue mucho más allá de las simples fronteras provinciales. Periodista, escritor, poeta, agitador cultural... es un personaje que trasciende a las etiquetas y que en una vida relativamente breve acumuló un trabajo impresionante por la capacidad de insuflar vida y regenerar la profesión con sus aportaciones vinculadas en muchas ocasiones al habla popular, en definitiva al mundo menor de la calle con el que se identificaba totalmente.

Su labor periodística se enriquece con su trayectoria en distintas parcelas; facetas que se complementan perfectamente en una vida influida por condicionantes que le marcaron de forma decisiva. De hecho, sus biógrafos no dudan en destacar tres etapas en su trayectoria marcadas por su trabajo en su Burgos natal, por la Guerra Civil española y por el posterior exilio obligado que le llevó a Francia y a México. Su labor periodística fue patente en revistas artísticas y de corte vanguardista como 'Parábola' o en la popular 'Estampa', donde es posible leer sus curiosos reportajes y colaboraciones. Sus escritos se dispersan también en periódicos madrileños de la época como 'El Sol', 'El Heraldo de Madrid' o 'La gaceta Literaria'. La Guerra Civil le situó en primera línea del periodismo en medios afines al Gobierno de la República... Y de ahí, al exilio en Francia, primero, y en México, después, donde retomó su compromiso literario y periodístico. Su trabajo se diseminó entonces en el diario 'El Nacional' o en las revistas como 'Hoy', 'Ábside' o 'Papel de poesía'.

Recuperar a un personaje del calado de Eduardo de Ontañón es la tarea que se han impuesto conjuntamente el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua y el Instituto Municipal de Cultura y Turismo de Burgos. Con este argumento encima de la mesa, el Teatro Principal de la capital burgalesa inauguraba el 22 de noviembre 'De la sombra a la luz. Eduardo de Ontañón (1904-1949), una exposición que ha contado con la aportación fundamental del profesor Ignacio Fernández de Mata, decano de la Facultad de Humanidades y Comunicación de la Universidad de Burgos, y uno de los mejores y principales expertos en la obra del periodista. Hace poco más de dos años, Fernández de Mata daba los primeros pasos efectivos en la recuperación de su figura con la publicación de 'Cuartel General'. La vida del general Miaja en 30 capítulos', título que se creía perdido y desaparecido y que fue reeditado en una edición crítica.

«Se trata de un personaje que tiene una vida, unos esfuerzos, ilusiones y compromisos que, de alguna forma, son la historia de España del siglo XX durante su primera mitad», reconocía a los periodistas en la inauguración el comisario de la exposición, consciente del esfuerzo titánico que hizo por insuflar modernidad a una ciudad marcada por el tradicionalismo. En cualquier caso, esta nueva exposición representa una cita obligada para todos aquellos que apuestan por preservar la cultura y creen en la necesidad de recuperar una figura cuyas aportaciones están fuera de cualquier duda.

Ha pasado casi de puntillas, sin apenas llamar la atención, quizás por ser algo desconocida y no haber cuajado lo suficiente entre el público o quizás por falta de publicidad o de la difusión adecuada… Desconozco la razón o razones de este aparente desconocimiento pero lo cierto es que el denominado ‘Día de las Librerías’ representa una celebración que todavía tiene mucho camino que recorrer para consolidarse como lo que debe ser: una fiesta más de exaltación del libro, y especialmente, del librero, profesional que conoce en profundidad la realidad del sector cuyo trabajo pasa en muchas ocasiones a un segundo plano, como si despechar libros fuera una labor puramente mecánica.

Sin embargo, seis años consecutivos de celebración no han conseguido todavía convertir el 11 de noviembre en una fecha de las que dejan huella. Quizás la excesiva y continuada proliferación y prolongación de los denominados ‘días de…’ sea una de esas razones.

La propuesta que abandera y promueve la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (CEGAL) representa, en cualquier caso, una iniciativa digna de escuchar, atender y tener en cuenta. Su objetivo parece evidente: recordar que el libro es una excelente adquisición y que el lugar más adecuado para comprarlo es una librería.

Cierto es que un libro puede comprarse en un centro comercial o en otro tipo de establecimiento, aunque como todo tiene su sitio y espacio propio. Igual que no compro el periódico en la panadería, ni el pan en el kiosco de periodicos, tampoco adquiero un libro en un centro comercial o en otro sitio que no sea una librería. El asesoramiento profesional resulta fundamental en muchas ocasiones, especialmente cuando existen dudas respecto a lo que puede ofrecer un título. Para mí, sin querer resultar pedante, una librería tiene casi, casi la consideración de templo del saber.

Los promotores del ‘Día de las Librerías’ saben muy bien que los gustos del público son diversos, que la variedad de librerías resulta muy amplia, y en esta clasificación podrían tener cabida las pequeñas, grandes, medianas, temáticas, especializadas en literatura infantil y juvenil, en libros religiosos, de derecho y ciencias jurídicas o en arquitectura… Las hay también que ofrecen libros en distintos idiomas, otras cálidas y amables, librerías antiguas donde es fácil encontrar títulos descatalogados y ‘de viejo’, en las que la figura del librero es especialmente necesaria.

Dicen los libreros que les encanta descubrir para el lector nuevos autores, recomendar una historia que les ha parecido especial o, simplemente, charlar sobre los últimos títulos publicados. Es un pequeño placer y bastante asequible, especialmente para aquellos que sentimos pasión por los libros. Dicen estos profesionales que disfrutan cuando seleccionan un libro, al pensar cómo exponerlo al público y cuando se documentan para recomendar a cada lector el que mejor se ajusta a sus gustos. Yo estoy convencido de ello. Esta fiesta de los libreros tiene que seguir creciendo y haciéndose imprescindible.

Me enfrenté recientemente a la novela ‘El amor de las mujeres’ (Cultiva Libros), del madrileño Jesús Manrique, con la distancia que representa a veces la lectura de la obra de un autor desconocido, del que careces de referencias directas ni de otro tipo y algo reticente ante un título que puede llevar a equívocos. El escritor es el autor de una novela que resultó finalista en la segunda convocatoria del ‘Premio Iberoamericano de Narrativa Planeta-Casa de América’ y que vio la luz a principios de año, complementando la publicación con el esfuerzo añadido de ir ‘defendiendo’ su libro, en una particular gira que le ha llevado a hacerse miles de kilómetros por la geografía española con su novela bajo el brazo, defendiendo un trabajo de calidad en el que confía plenamente y en el que ha empleado tiempo y esfuerzo.

Los críticos avalaron este trabajo literario cuando apostaron por designarlo finalista junto a otro puñado de títulos de distintos países iberoamericanos, dejando clara la calidad de un libro que habla de valores universales. De ‘El amor de las mujeres’ se ha dicho que está a “la altura de sus circunstancias, y que intensa y completa; una experiencia lectora que, en cualquier caso, no deja fuera al lector sino que lo integra hasta el extremo de hacerle parte de ella”.

Su lectura no es lineal, sino que se desarrolla en tres tiempos distintos, circunstancia que durante la lectura de las primeras páginas llega a desubicar al lector, que se enfrenta a varias tramas simultáneas en tiempos distintos cronológicos sin aparente continuación. Se trata de una historia urbana, aunque el propio autor destaca que representa un relato rural, en el que asistimos a las siempre complejas relaciones que marcan a los protagonistas hasta el extremo de empujarles en una dirección u otra y de marcar su comportamiento errático.

He tenido la oportunidad de conversar con Jesús Manrique cuando se desplazó hace unos días a la capital burgalesa a presentar su libro invitado por el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua y la Asociación de Libreros de Burgos. “No es una lectura romántica ni tampoco una historia de amor lésbico”, reconocía al autor al público burgalés, consciente de que el título puede inducir a la confusión, extremo que desmiente en cada presentación. Acompañado de Nerea Tello Heredero, poeta y gran conocedora de su trabajo literario, desembarcó en Burgos por unas horas para hablar de los personajes de su obra.

Como lector voluntarioso que me considero,- en ningún caso soy crítico literario-, coincido en buena medida con la opinión que algunos críticos han dicho sobre ‘El amor de las mujeres’. En él habla de la falta de libertad, del miedo a ejercer el albedrio, de los condicionantes que coartan y anulan la voluntad y de esos otros conflictos que llevan a la subordinación y a entender el abandono sentimental como una emoción trágica. Un espacio donde las figuras femeninas son gruesos o tenues hilos de casualidad y ambición, soledad y destino, entrega o mera empatía, como reconoce el escritor”. Manrique confiesa que ha dejado su impronta y que parte de sus vivencias personales, centradas en su juventud en el medio rural, se dejan notar en el resultado final. Un libro para disfrutar, para leer tranquilamente y para saborear poco a poco, página a página.

El Museo Provincial del Traje Popular, en el pequeño municipio soriano de Morón de Almazán, se ha convertido en poco tiempo en lugar de referencia tanto en Castilla y León como fuera de las fronteras regionales, y centro especializado en difundir, proteger y recuperar la rica indumentaria popular de origen especialmente rural que proporciona la tradición textil que tiene su origen en esta provincia.

Con este proyecto de museo, que es una realidad tangible, palpable, visitable y también -por qué no decirlo- foco de atracción turística desde su creación, la Diputación de Soria, entidad que se encarga de su gestión, ha demostrado un interés real por recuperar un capítulo importante de la historia, con un compromiso que se extiende mucho más allá de las meras palabras y las buenas intenciones que existen cuando se habla de salvaguardar la cultura. Mantener y garantizar el patrimonio inmaterial constituye un importante esfuerzo que, en cualquier caso, merece el aplauso sincero de todos aquellos que creen en la capacidad que ofrece la cultura y en la necesidad objetiva de preservar las tradiciones por lo que representan siempre para la sociedad en su conjunto.

Con este atractivo e interesante punto de partida, quiero aprovechar este encuentro semanal para destacar el esfuerzo y el compromiso que el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, una entidad que trabaja por la difusión de la cultura desde distintos frente y con muchos aliados, ha demostrado con los objetivos del museo, hasta el extremo de que lleva varios años consecutivos colaborando en la organización de seminarios profesionales en los que desfilan los mayores especialistas y analizan la temática textil, su pasado y su presente, a través de distintas disciplinas. En 2014 se estrenó ‘La Palaba Vestida’, seminario que tuvo importante repercusión, y que continuó al año siguiente con nuevas ponencias y comunicaciones.

Ahora, los organizadores han querido dar un paso más allá y centrarse en el estudio de la música de la tradición oral. Incluso, el ciclo cambia su nombre y pasa a convertirse en ‘La Palabra Cantada’, un nuevo escenario que surge con la idea de proporcionar a todos los asistentes matriculados una visión amplia y diversa de la tradición oral y del folclore, junto a otros aspectos vinculados con su necesaria salvaguarda.

Y para contribuir a clarificar este tema, entre los numerosos especialistas que acuden a esta convocatoria musical un invitado de lujo: el musicólogo zamorano Miguel Manzano Alonso. Considerado unos de los mayores especialistas españoles en la preservación de la tradición oral de origen musical, se desplazó también a Morón de Almazán para compartir una pequeña parte de sus enciclopédicos conocimientos sobre una materia cuyo conocimiento tiene que ser preservado en cualquier caso. Mi enhorabuena sincera a los organizadores por su compromiso firme y decidido por la tradición oral.