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Elementos filtrados por fecha: Diciembre 2016

El escritor Juan Manuel de Prada recaló en Burgos, invitado por el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, para presentar a sus lectores su última novela Mirlo blanco, cisne negro (Espasa), un libro que habla de libros y escritores, sobre el competitivo y complejo mundo literario, sobre el duro ejercicio de escribir una novela, la disciplina, la trascendencia social del escritor, su compromiso personal y con los lectores... Un trabajo metaliterario que para el veterano autor constituye su obra más personal.
Juan Manuel de Prada sabe bien de lo que habla y conoce el terreno que pisa. En 1997, con solo 26 años, y un libro previo editado, tuvo que digerir a marchas forzadas la fama sobrevenida al ganar ese año el Premio Planeta con La tempestad, título que marcó una carrera que arrancaba, cuando todavía se encontraba residiendo con sus padres en Zamora. Una experiencia personal que, sin duda, ha vuelto a recordar cuando se puso con este trabajo.
La dicotomía 'mirlo blanco /cisne negro' le persigue incansablemente en cada entrevista que le hacen, en busca de la identificación total o parcial del autor con los dos arquetipos que refleja la novela: el personaje del joven Alejandro Ballesteros, escritor que busca un prestigio que sabe que tiene al alcance de la mano y que pese a su supuesta inocencia presenta los rasgos clásicos del 'trepa' que busca el éxito y el reconocimiento social de forma urgente, dispuesto a vender su alma por ese fama de la que se cree merecedor; y Octavio Saldaña, escritor veterano, mente privilegiada y autor de una obra clásica, olvidada con el paso del tiempo, que se ha convertido en alguien incómodo, un apestado en el mundo del libro y en la prensa. En definitiva, un personaje manipulador, excesivo, capaz de absorber el alma de quienes le rodean y dejarla vacía. Juan Manuel de Prada no oculta que en algún momento él mismo puede haberse identificado con uno u otro, aunque marca distancias de una trama que en ningún caso identifica como basada en una experiencia personal.
Pese a que el propio libro se publicita como su particular ajuste de cuentas con el gremio editorial, él mismo discrepó de esa definición inicial con la que se vende la novela. Ni el libro ni él mismo menciona nombres, aunque el lector puede llegar a sospechar sobre rasgos que permitan vislumbrar o identificar a autores reales. Es consciente de que se trata de un libro que tampoco dejará indiferente a nadie, especialmente a escritores que pisan el mismo terreno, a veces resbaladizo y casi siempre lleno de dificultades.
Acompañado del periodista burgalés Rodrigo Pérez Barredo, buen conocedor de su trabajo literario, Prada echó la vista atrás y recordó distintos momentos de una carrera que se extiende en el tiempo desde hace un cuarto de siglo, tiempo en el que se ha dedicado en cuerpo y alma al oficio de escribir. En su análisis también aludió a los artículos periodísticos 'por encargo', a la caída generalizada en la venta de todo tipo de libros y al inexplicable éxito que encuentran las obras sobre youtubers, fenómeno de masas que le cuesta digerir.

El poeta gaditano Rafael Alberti, uno de los autores más 'populares' de la denominada 'Generación del 27', realizó en 1925 un viaje junto a su hermano Agustín que le llevó a conocer, entre otros muchos destinos próximos geográficamente, la Ribera de Duero. Alberti, cuya vocación primera era la pintura, emprendió un viaje por tierras de Castilla, Cantabria y el País Vasco como representantes de vinos. Una experiencia personal e íntima que suponía en sí misma una aventura bohemia que a la postre daría sus frutos literarios.
Este periplo por tierras castellanas de un viaje que aglutinaba la variante bohemia y comercial se concretó en la publicación un año después de 'La amante', el segundo suplemento literario de 'Litoral', la revista malagueña que crearan sus amigos los poetas Manuel Altolaguirre y Emilio Prados. Una edición laureada, que con el paso de los años se volvió a reeditar una y otra vez en distintos sellos editoriales. La madrileña 'Plutarco', la argentina 'Losada', 'Castalia', 'Aguilar', Seix Barral, Alianza Editorial, Editions Gallimard... Con el paso de los años, se han sucedido una y otra vez las ediciones de esta obra; la última edición de 'La amante' de la que se tiene constancia es de 2012.
Esta historia singular y fascinante, desconocida en buena medida por el gran público, vuelve ahora con fuerzas renovadas a Aranda de Duero por la puerta grande. La exposición 'Rafael Alberti. La amante', que el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua lleva a la Casa de Cultura de la capital ribereña con el respaldo del Ayuntamiento arandino, rescata a través de numerosos libros originales buena parte de las sucesivas ediciones publicadas del poemario que Alberti creó hace casi un siglo en su viaje por Castilla, con el dinero obtenido tras haber recibido el Premio Nacional de Literatura.
El arandino Máximo López Vilaboa tiene mucho que decir este proyecto expositivo, en el que figura como comisario. Sus años de coleccionismo privado, su fascinación personal por la poesía del gaditano universal y el profundo conocimiento de la obra de Alberti son factores que han contribuido a hacer realidad este proyecto, de forma los propios arandinos puedan conocer también esa porción de su historia.

Viernes, 02 Diciembre 2016 00:00

¡Enhorabuena, maestro Mendoza!

La concesión del Premio Cervantes, máximo galardón de las letras hispanas, al escritor barcelonés Eduardo Mendoza, representa un verdadero acto de justicia, no divina, pero desde luego sí humana. El autor, a sus espléndidos 73 años y en plena forma creativa, ha sido reconocido con un galardón que responde a un reconocimiento total por su trabajo literario, no a un libro concreto sino a una trayectoria que se extiende a lo largo de medio siglo con títulos que se han convertido en muchas ocasiones en referentes y auténticos hitos de la literatura contemporánea y que han tenido el mérito añadido de contribuir a hacer nuevos lectores, algo que no resulta sencillo de conseguir.


Como si se tratara de una de las aventuras de su personaje fetiche, el sorprendente mendigo-detective al que profesa una devoción que se extiende por distintos títulos a lo largo de más de tres décadas, Mendoza debió de quedarse de piedra cuando paseando tranquilamente por un parque londinense, ciudad en la que pasa largas temporadas, recibía en su móvil una llamada tan inesperada como sorprendente. Mendoza se quedaba atónito al escuchar al otro lado del teléfono la voz del ministro de Cultura, Íñigo Méndez de Vigo, que le comunicaba directamente que había sido reconocido con el Cervantes, el premio más prestigioso de la literatura española, con una dotación económica de 125.000 euros.


Intentando asimilar la magnitud de la noticia, Mendoza ofrecía poco después una rueda de prensa casi improvisada en la sede del Instituto Cervantes en la capital británica, en la que subrayaba su creencia de que el humor nunca había estado excesivamente valorado en la literatura. La facilidad con la que se leen sus libros constituye en su opinión, la principal virtud y también su principal defecto, al igual que reconocía que, como hiciera Miguel de Cervantes en su obra, había optado siempre porque la sencillez, la elegancia y el 'buen rollo' fueran los signos distintivos de un trabajo literario que ha cautivado a generaciones de españoles, y que ha trascendido fronteras.


"Siempre se ha pensado que para ser bueno tenía que ser dramático. Era inútil recordar que grandes obras como el Quijote, el Lazarillo y otras de Quevedo, Moratín o Dickens han sido escritura básicamente de humor. Pesaba mucho la tradición de la novela del siglo XIX, pero ahora se empieza a ver una revisión de todos esos criterios", apuntaba el flamante ganador, consciente de que su trabajo ha sido bendecido por casi todos los premios existentes casi desde los inicios, cuando en 1975 se dio a conocer con la revolucionaria La verdad sobre el caso Savolta, título que marcaría a una generación.


Echo un vistazo a mi biblioteca, donde guardo uno tras otros todos los distintos títulos que ha publicado Mendoza, y tengo que hacer una parada obligada en un título, a todas luces emblemático, La ciudad de los prodigios, para mí el culmen de una carrera literaria plagada de títulos de éxito. Un libro que me niego a releer, quizás por pensar que una segunda lectura, acabaría por eliminar el maravilloso recuerdo que tengo y del que no me quiero desprender.


Reconocía Mendoza en su encuentro londinense con los periodistas que El misterio de la cripta embrujada (1979), su segundo libro, parodia de novela negra, representó el descubrimiento de un modelo de escritura hacia el que acabaría enfocando su obra, escribiendo sin forzar las situaciones ni querer asumir en ningún caso una pose de escritor culto o comprometido. Tampoco se puede dejar de mencionar en un rápido recorrido por su trabajo literario otro título antológico, Sin noticias de Gurb, un libro pequeño que representó su consagración definitiva como escritor y que se ha convertido con el paso de los años en un auténtico libro de culto, venerado mucho más allá de las fronteras nacionales, hasta el extremo de haberse convertido en un fenómeno social en países como Polonia.


Leyendo las críticas y las opiniones sobre el premio y el premiado, llego a la conclusión de que Eduardo Mendoza es un autor que goza del respeto de otros autores, y del cariño y la admiración de millones de lectores; que es un hombre elegante en el sentido más amplio del término, que ha querido desligar su trabajo de cualquier vínculo político y que ha ido ganando con el tiempo, hasta el extremo de que cada uno de sus libros ha ido mejorado a los anteriores en una escalera en la que todavía quedan peldaños por ascender. Un premio necesario para un autor imprescindible de nuestras letras, que se ha convertido quizás sin creérselo demasiado y sin llegar tampoco a proponérselo en un clásico vivo. ¡Enhorabuena, maestro!

Y por el El jurado del premio, que precisó cuatro votaciones para dar con el ganador por la cantidad y calidad de los candidatos, destacó "la estela de la tradición cervantina" en Mendoza y el autor, como no podía ser de otra forma, reconoce la deuda. "Cervantes ha tenido una enorme influencia en mí como escritor y como persona", asegura. "Cuando leí el Quijote, en el Preuniversitario, me quedé inmediatamente abducido. Me di cuenta de que se puede escribir literatura sin perder la sonrisa, estando a gusto con las personas. Todos queríamos ser malditos, pero entonces comprendí que el escritor no tiene por qué ser alguien maldito o marginal. Lo que caracteriza a Cervantes es la sencillez, la elegancia y el buen rollo. Y si yo tuviera que elegir un lema, bien podría ser ese".