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Elementos filtrados por fecha: Marzo 2017

He comentado en varias ocasiones en este espacio mi pasión por la ciencia ficción, género a veces incomprendido y maltratado, pero que siempre ofrece gratas sorpresas. Uno de los inagotables temas clásicos en el género de todos los tiempos, recurrente y siempre eficaz, ha sido el de los viajes en el tiempo y sus inevitables consecuencias. El planteamiento de volver atrás, conocer la historia e intentar mantenerla inalterable, constituye siempre un punto de vista atractivo, que abre la puerta a cientos de posibilidades.


Soñar con conocer a los protagonistas de la historia, poder vivir en primera persona episodios que han marcado época o, simplemente, conocer a nuestros padres o abuelos o vecinos en determinada época supone un atractivo para cualquier persona: ¿Quién no ha pensado en alguna vez en qué haría si viajara al pasado, como actuaría, qué cambiaría? Por todas estas razones, el subgénero de los viajes en el tiempo goza de una salud de hierro, tanto en cine como en literatura, y no parece que vaya a desaparecer el género.


Todo este extenso preámbulo viene a colación de la novela ‘El apagón’ (Nova), título de la laureada escritora estadounidense Connie Willis, que recupera a sus personajes más populares, tres historiadores de la Universidad de Oxford, que transitan por el Londres de la Segunda Guerra Mundial, bajo el efecto de incesantes bombardeos. Michael Davies, Polly Churchill y Merope Ward se han trasladado desde el 2060 actual con la obligación moral de no influir en los acontecimientos para no cambiar nada, limitándose a ser testigos de los hechos.


El libro, que ha sido reconocido por los premios Locus, Hugo y Nébula, los tres galardones literarios más importantes de la ciencia ficción, hace olvidar al lector que se encuentra ante un libro de género. De hecho, se lee como una novela histórica en la que podemos conocer con bastante grado de detalle cómo fue la evacuación británica de Dunquerque (entre mayo y junio de 1940), el Blitz londinense (de septiembre de 1940 a mayo de 1941) y el envío de niños a lugares alejados para protegerlos. Pero sucede algo que hace que los planes no salgan como estaban previstos; de ahí el porqué de la novela...


Los protagonistas no podrán volver a su realidad, ya que los portales que tienen para acceder a su tiempo no se abren con la facilidad deseada. El continuo espacio-tiempo es delicado y los portales empleados no se abren como una puerta cualquiera; no se puede acceder si el lugar de destino es un punto de divergencia, es decir, que afecta a un suceso crucial en el desarrollo de la guerra y que, por acción u omisión de los viajeros, podría cambiar su curso y, por tanto, el futuro. Esto genera desfases temporales de horas, días o semanas, de modo que no se pueda interferir en el rumbo de los acontecimientos...


Pero queda claro que todo viaje en el tiempo implica que algo se cambia... y eso es lo que padecerán los tres protagonistas en sus nuevas misiones, sufrimiento compartido por el lector desde el primer momento, que asiste sin comprender por qué no pueden volver, mientras sufre el efecto de los bombardeos en sus carnes, encerrados en un tiempo que no es el suyo, y sin saber si finalmente podrán salir. Aunque con lo que se disfruta de verdad en ‘El Apagón’ es con la intrahistoria, con el día a día de los personajes cotidianos, de los británicos que se resisten y se aferran a la vida frente a la invasión nazi. En definitiva, lo que nos podría pasar a cualquiera en cualquier ciudad de cualquier país, y que solo pensarlo pone los pelos de punta.

Saber que Burgos, tierra de los orígenes del español, es el escenario donde se está gestando el nuevo Diccionario de la Lengua Española en el que trabaja la Real Academia de la Lengua (RAE), resulta un motivo de orgullo y de satisfacción. De orgullo, porque un proyecto de estas características sienta las bases de un proyecto que goza de salud de hierro, como demuestra el hecho objetivo de llevar ya 23 ediciones y de haberse convertido en una referencia mundial de primer orden a la hora de establecer la norma a seguir de 500 millones de hispanohablantes. Y de satisfacción, porque una institución como la RAE, con tres siglos de trabajo continuado y constante enfocado a la defensa de la lengua española, haya pensado en una entidad como el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, joven pero con prestigio probado, para acoger una reunión de estas características.


Las cifras que maneja la RAE son de auténtico mareo. El director de la Real Academia de la Lengua presentó el germen de este diccionario en el Palacio de la Isla de Burgos, arropado por sus compañeros de la denominada ‘Comisión Interacadémica del Diccionario de la Lengua Española’, representantes de las Academias de la Lengua de las distintas áreas lingüísticas correspondientes a las áreas geográficas donde se habla la lengua de Cervantes. Darío Villanueva enfatizó en un encuentro con los periodistas cifras que llevan a la reflexión; solo en 2016, el Diccionario de la RAE había contabilizado 801 millones de consultas en la red, lo que supone de media 70 millones de búsquedas mensuales y más de dos millones diarias. En fin, que no creo que exista ningún otro producto cultural en el mundo que goce en estos momentos de semejante buena salud.


Quizás, lo más sobresaliente que define a este proyecto son sus características y la forma con la que se concibe. Por primera vez, la RAE aborda el diccionario con la intención de ser completamente digital, sin estar sujeto a las limitaciones de espacio físico, circunstancia que se traduce en una mayor agilidad y en la ventaja añadida que representa una actualización permanente del léxico. Cambia el concepto desde la base, y en lugar de ser redactado para ser impreso y digitalizado después, se opta por el camino inverso. Sin embargo, tampoco la Real Academia de la Lengua descarta que se pueda imprimir después y llegar al público en papel.


La segunda característica que tendrá es su profundo carácter panhispánico. Tanto la RAE como las distintas Academias de la Lengua son plenamente conscientes de que el español es una lengua viva, en permanente evolución, que se habla en todo el mundo, y que aporta numerosos matices que la enriquecen; en definitiva, sabe que es una lengua abierta y cosmopolita. Una razón para que se creara esta comisión Interacadémica, encargada de sentar las bases de una obra revolucionaria, gestando la planta de este nuevo trabajo, la estructura y planteamientos lexicográficos básicos. No ocultan que el nuevo diccionario recuperará palabras perdidas en el limbo y otras muchas sin restricción alguna.


La RAE, con lógica actitud de prudencia, ha preferido no poner fechas a un proyecto que no se sabe cuándo puede estar acabado pero que representa, en cualquier caso, un cambio revolucionario respecto a la forma de trabajar respecto a tres siglos anteriores.


Igualmente interesante resultó la aportación que puso sobre la mesa Francisco Javier Pérez, secretario general de la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE), para entender este proyecto, y que afecta a la denominación propia de la obra: deja de ser el diccionario de la RAE (DRAE) para ser el Diccionario de la lengua española (DLE). Un cambio profundo, que va mucho más allá del baile de siglas. Y me quedo también con el trasfondo de sus palabras: “Es una obra que busca reflejar la variedad y riqueza de la lengua que hablamos, en la que no hay hegemonías sino relaciones y acuerdos». Mientras tanto, hasta que este nuevo DLE sea una realidad, la RAE anuncia que actualizará en la red la versión actual – vigesimotercera- desde el próximo mes de diciembre.


La Junta de Castilla y León, consciente de la importancia que tiene la lengua española, convertida en prioridad en su política cultural, apoya de manera firme este proyecto. En definitiva, un retorno a la tierra de los orígenes de la lengua española que sirve para dar la bienvenida y plantar las raíces del que será el diccionario que emplearán los ‘nativos digitales’.

El profesor de literatura José Manuel de la Huerga es el flamante ganador del ‘XV Premio de la Crítica de Castilla y León’ fallado en Ávila el 8 de marzo, por su libro ‘Pasos en la piedra’ (Menoscuarto), una novela ‘redonda, madura y bien rematada’, como coincidieron en poner de manifiesto los miembros del jurado de este premio literario, que cumple sus primeros quince años de vida en perfecta forma, consiguiendo dar un impulso a la literatura de la Comunidad y a sus autores.


‘Pasos en la piedra’ se impuso en la reunión que mantuvieron los miembros del jurado del Premio de la Crítica en el Palacio de los Verdugo de la capital abulense a los otros nueve títulos finalistas, entre los que había novelas, ensayos, poesía y teatro. Curiosamente, la ganadora es una novela que rezuma Comunidad por todos los lados. Publicado por una editorial palentina, escrita por un autor de la tierra, y ambientado, además, en Zamora, en plena Semana Santa de 1977, cuando el país se abría a la democracia y el Partido Comunista estaba en fase de legalización definitiva. En fin, Castilla y León en estado puro.


“Relevancia, calidad y proyección” ‘libro de lectura amena’ y "obra está transida de piedad, de seres humanos que piden redimirse" fueron algunos de los argumentos que los críticos que se dieron cita en Ávila para fallar este premio pusieron sobre la mesa, a la hora de evaluar una obra que tiene méritos sobrados para hacerse acreedora de este premio y que tiene mucho recorrido por delante. En esta carrera competía con nombres consagrados y un extenso bagaje en la literatura, poesía y ensayo de Castilla y León como José Luis Alonso de Santos, Óscar Esquivias, Andrés Sorel, Antonio Colinas, José María Merino, Jesús Hilario Tundidor, Pilar salamanca, Arcadio Pardo y Carlos Fidalgo.


Sin embargo, De la Huerga no es un novato. Leonés afincado desde hace años en Valladolid, donde ejerce la docencia en un instituto, impartiendo clases de literatura, no es un desconocido y es realmente un veterano de las letras de la Comunidad. Compagina su labor literaria con la colaboración en prensa escrita y digital, participa activamente en foros de creación y crítica literaria y coordina talleres de lectura y escritura creativa. Los miembros del jurado revelaron en el anuncio del premio a los periodistas que había sido finalista en cinco ediciones a este galardón, que premia el trabajo de un libro de un autor de Castilla y León.


‘Pasos en la piedra’ es una obra rotunda, que narra unos hechos que se concentran en cinco días apasionantes en la historia de la Transición sobre el telón de fondo de un lugar cuya identidad enseguida se advierte, Barrio de la Piedra, que vive su Semana Santa con especial devoción. Personajes aferrados al pasado y con ansias de cambio que necesitan una redención en sus vidas.

Medio siglo cumple el Diccionario de Uso del Español (DUE), aunque quizás resulte más sencillo si me refiero a él con su definición coloquial ‘el María Moliner’, exponente del faraónico proyecto que una mujer, María Moliner, emprendió en solitario armada únicamente por un papel, una máquina de escribir portátil y un par de atriles. Un trabajo colosal que asombró a propios y extraños y que consumió quince años de su vida, mucho más de los seis meses que ella misma se había dado para llevar a cabo esa empresa que marcaría su vida y, por ende, la de millones de personas que encontraron en su obra las referencias y la sencillez que muchas veces no encontraban en las definiciones que aportaba la voz oficial, el Diccionario de la Real Academia de la Lengua (DRAE).


Visto con la perspectiva que ofrece el tiempo, el esfuerzo que puso en marcha María Moliner, sin contar apenas con recursos adquiere proporciones mastodónticas. El hecho objetivo de que esta maestra y bibliotecaria de ideología republicana, aparcada en un destino laboral rutinario, llevara a cabo desde su puesto en la biblioteca de la Escuela de Ingenieros de Madrid, una tarea de esta magnitud prueba también que supo encontrar el incentivo necesario para llevar a cabo esta empresa desde las condiciones más adversas.


Su mayor logro fue posiblemente saber crear un estilo propio, práctico y moderno, que recogía en muchas ocasiones el habla de la calle. Un estilo que María Moliner supo imprimir a todas y cada una de las definiciones, con explicaciones claras y sin pretensiones, utilizando un léxico accesible para todo tipo de lector, aunque en ningún caso vacío de contenido, o falto de sentido del humor y elegancia. Nada más lejos.


Esta joven bibliotecaria comenzó en 1952 la que sería su gran obra, con una idea en mente. Que su diccionario fuera una herramienta capaz de guiar en el uso del español tanto a los que tienen esta lengua como idioma propio y también a quienes lo están aprendiendo. Una labor lenta y farragosa, miles y miles de fichas que fue escribiendo y ordenando poco a poco, teniendo en muchas cosas al periódico como fuente de inspiración; ahí se encontraba la forma de hablar y de comunicarse del pueblo en estado puro, el idioma vivo que se emplea en la calle en un uso cotidiano.


Encontró en Dámaso Alonso un apoyo firme. Director entonces de la Biblioteca Románica Hispánica de la editorial Gredos, dio un impulso decidido a este proyecto, que finalmente vería la luz en dos volúmenes, publicados entre los años 1966 y 1967. Nada más salir a la luz el Diccionario de Uso del español, escritores como Miguel Delibes o Francisco Umbral comenzaron a mostrar su fervor por él. Comprobaron su utilidad y su sencillez, y, sobre todo, vieron cómo era capaz de romper con la costumbre de definir los términos empleando frases enrevesadas y estereotipadas, ajenas al uso común.
Sí que merece la pena también recordar la importancia que la cultura tuvo en su vida y cómo también la marcaron profundamente las circunstancias que vivió. Era una mujer comprometida, que no dudó en impulsar la creación de una red de bibliotecas rurales. Entre 1918 y 1921 cursó la Licenciatura de Filosofía y Letras en la universidad de Zaragoza (sección de Historia), obtuvo un sobresaliente y Premio Extraordinario. Al año siguiente, ingresó por oposición en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, y obtuvo como primer destino el Archivo de Simancas. De ahí pasó al Archivo de Hacienda de Valencia, donde conoció al que sería su marido, Fernando Ramón y Ferrando, catedrático de Física. Poco después, tras nacer sus hijos, se implicó en empresas culturales que nacen con el espíritu de la II República. La Guerra Civil torcería su destino profesional viéndose degradada en su puesto.


Es en la década de 1950 cuando comienza la que sería su obra más luminosa en aquellos años de dictadura: el Diccionario de Uso del Español (DUE), en cuyos dos tomos se incluyen 1.750 entradas y más de 190.000 definiciones. Una de las mayores injusticias que sufrió fue que la RAE no contara con ella. Pese a estar postulada por pesos pesados de la cultura como el citado Dámaso Alonso, Rafael Lapesa o Pedro Laín Entralgo, sería finalmente Emilio Alarcos Llorach quien se hiciese un hueco en la institución.