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*En la imagen: “Huxley [en "Un mundo feliz"] temía a aquellos que pudieran brindarnos tanta información que nos reduciría a la pasividad y el egoísmo.”

 

Vivimos infoxicados. Y esto no lo descubrí gracias a ningún médico. Fue durante una de mis clases en la universidad, cuando hablábamos sobre lo que significa ser hija del siglo XX, pero niña todavía en el XXI. Vivimos infoxicados y no sabemos ponerle remedio a eso.


El primer paso es saber qué significa, porque ahora ni siquiera el Word me reconoce la palabra. Podríamos definirla como ‘exceso de información (verdadera o falsa) que reciben los individuos a través de Internet, televisión y redes sociales’. Pues bien, creo que algunos ya pueden sentirse identificados con esto. Solemos quejarnos de que nuestros jóvenes dedican demasiado tiempo a videojuegos violentos o de guerra, la excusa perfecta para justificar sus desórdenes. Y, sin embargo, basta solo con poner los informativos de televisión para ver violencia real, muy diferente de la de esos videojuegos. La corrupción, lo más puramente demagógico, las guerras, el terrorismo, los refugiados, niños ahogados en las playas, vallas de alambre, muros titánicos, el deshielo. Y bueno, después apagamos apaciblemente la tele porque, oye, que ya es la hora de comer.


Ese es el primer síntoma de infoxicación. Recibimos tanta información que el porcentaje dedicado a cada noticia es ínfimo, por lo que el lugar que ocupa en nuestro cerebro es, efectivamente, ínfimo también. Si es que le reservamos algo.


La palabra es la conjunción de información + intoxicación. Así estamos, envenenados a veces, pero con veneno suave, parece morfina. O, por el contrario, una sustancia parecida al éxtasis, nos agobian los males del mundo hasta llegar a la frase más demoledora que se puede esperar de un ciudadano del mundo: así son las cosas, qué le vamos a hacer.


Pero no se alarmen, todavía hay remedio. Todo depende de ustedes. Hay que saber qué y cómo informarse, cuáles son las fuentes de información más verídicas a la hora de buscar objetividad en las noticias que leemos. Ojo, que no estoy diciendo que ciertas redes en las que la gente anónima, o al menos no profesional, informa y opina no sean lícitas. No quiero decir el nombre de una de las más populares, pero como experimento social y estadístico es muy útil si queremos reconocer en qué situación se encuentra una sociedad determinada. Es seguro que alguien que genera polémica, es políticamente incorrecto o ironiza con todo obtendrá más seguidores que alguien que es, precisamente, todo lo contrario. Lo correcto nunca fue lo fácil.


La solución es muy sencilla. Podemos leer y leer, infoxicarnos si hace falta, pero sabiendo qué leemos, qué es verdad. Comprobar las fuentes, comparar todas ellas.


El temor de Huxley puede que se esté cumpliendo, pero está en nuestra mano no dejarnos enganchar. Enciendan las televisiones, pero apáguenlas con rabia y salgan a la calle. Quizá la próxima vez ya no vuelvan a ver lo mismo. O al menos lo harán siendo otros.

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