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La lección de “fórmulas de despedida” es una de las primeras que se dan en cualquier temario de clases de español como lengua extranjera, después de aprender cómo se saluda, se mantiene una conversación de cualquier tipo o se pregunta al interlocutor por algún tema en concreto.

Las despedidas más clásicas son decir “adiós”, “hasta luego” o incluso “chao”, un italianismo evidente. También hay fórmulas algo más cordiales como “hasta pronto”, “estamos en contacto” o “saludos cordiales”. Podemos añadir las que se utilizan cuando los interlocutores van a volver a verse pronto como en “te veo luego”, “hasta mañana” o “¡cuídate!” si es que esa persona tiene algún problema de salud.

Los españoles tenemos tendencia a juntar dos de ellos, más que nada por enfatizar la pena de la despedida, socialmente está vista como un momento bastante triste (a no ser que sea de alguien a quien no soportemos). Es muy común “desearle lo mejor” si es probable que no lo veas en un tiempo o tiene por delante algún proyecto importante. Del mismo modo, es muy típico despedirse “hasta la semana que viene”, como en los programas de televisión o con alguien al que seguro verás en ese plazo de tiempo. Por último, queda muy bien saludar a sus familiares cuando los conoces, o concluir con un simple “nos vemos”.

Además, en España tenemos ese estigma social de terminar las conversaciones con “tenemos que quedar algún día” o soltar un “a ver cuándo nos vemos”. Pero todos sabemos que eso nunca pasa.

Y, después de todo esto, me gustaría lanzar una pregunta al aire. Sabemos decir adiós, pero ¿sabemos despedirnos? Quiero decir, ¿reconocemos el momento de la despedida como en el que estamos diciendo adiós? Sinceramente, creo que no. Tardamos algo más de tiempo en reconocer el final de una etapa.

En la película Boyhood (2014), en una de las escenas finales y mientras hablan dos de los jóvenes protagonistas, ella le confiesa a él que está empezando a creer que el carpe diem (‘atrapa el momento’) significa en realidad lo contrario, que es el momento el que nos atrapa. Por eso, probablemente, odiamos tanto las despedidas, porque nos atrapan y de allí somos desde ese instante.

Supongo que hay muchas formas de despedirse, todo dependerá de ese tiempo que vivimos y al que decimos adiós, hasta pronto o hasta nunca.

En fin, en cualquiera de los casos, más vale quedarse con lo bueno, con lo que uno hizo bien, con la gente que conoció o, al menos, con las lecciones que aprendió de sus errores.

A mí, personalmente, nunca me gustaron las despedidas y sería frívolo tener que elegir una de entre todas ellas, pero estarán conmigo en que algunas de ellas son algo esperanzadoras. Un “hasta pronto” siempre deja la puerta entreabierta. En las películas, acabar la última escena con esa frase es un ejemplo claro de final abierto.

Al final siempre es lo mismo. Al final, siempre el final. Así que sólo me queda terminar con un hasta pronto. ¡Oh, Capitán!, ¡mi Capitán! Siempre nos quedará París.

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