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   Con el verano, suelo marcharme los fines de semana a la playa a refrescarme y tomar el sol. Lógicamente con el calorazo soy incapaz de leer un libro filosófico o novelas de gran profundidad, así que aprovecho estas ocasiones para conocer cuáles son las últimas tendencias sobre música, cine o moda. Como el saber no ocupa lugar, reconozco que no está de más conocer qué tipos de tejidos son los que más se llevan o cuáles son los colores para el verano o los más apropiados para cada estación, etc. Fue en una de estas cuando me pregunté, y para la próxima entrada en Virgulillas, ¿por qué no mezclar moda y lengua?

   En entradas anteriores hemos hablado sobre la etimología de algunas palabras. Por ejemplo hemos hablado sobre insultos, palabras curiosas, sobre animales... Considero muy importante indagar sobre la etimología, esa ciencia que estudia las palabras, porque, de este modo, estamos conociendo la historia y evolución de las palabras, y en definitiva, de nuestra lengua y cultura. Así que, tanto si eres un apasionado de la moda o un curioso de la lengua española, te interesará conocer la etimología de los colores.

   Muchas de nuestras palabras proceden del latín y del griego. Las palabras latinas o griegas solían tener dos raíces para sus distintos casos. Es por ello por lo que a lo largo de la entrada voy a tratar citar ambas.

   Empecemos hablando sobre la ausencia de color, o lo que es lo mismo, el negro. La palabra procede del latín niger-nigri (negro). De ahí que vengan palabras como denigrar (poner negro, manchar –una reputación–). Pero las palabras como melancolía, melanina, Melanesia o Polinesia comienzan por la forma griega melan, que significa “negro”. Así tenemos que melancolía significa “bilis negra”, Melanesia, “islas negras” y Polinesia “muchas islas”.

   Del negro, pasamos a su color opuesto, el blanco. Esta palabra procede del germánico blank (brillar). No obstante, tanto el griego como el latín tenían sus palabras para designar al color blanco. El latín tenía dos palabras para este color: candidus “blanco brillante” y albus “blanco mate”.

   En español tenemos otras palabras que proceden de la primera, como por ejemplo: cándido, candente o canas. En cambio de albus encontramos nombres de lugares como Peñalba o Montalbo, aunque también palabras como alba o álbum. En griego blanco es leukós, y de ahí que tengamos derivados científicos como leucoma o leucocito, que significa “glóbulo blanco”.

   Y del blanco pasamos al color verde, que procede del latín viridia (cosas verdes). De esta palabra derivan otras muchas como verduras, berza o verdugo, que significa “rama verde” pues se usaba para los azotes. En griego, khlorós significa verde. Así pues, tenemos palabras como clorofilia o la sustancia química cloro.

   El color amarillo tiene su raíz en el latín amarus, que significa “amargo”, y viene del color de la piel que tiene una persona a causa de una enfermedad donde se acumula la amarga bilis en la sangre (ictericia).

   El cuanto al color rojo hay una gama bastante amplia, pues tenemos el rojo carmesí, el bermejo, el rojo escarlata, rojizo... La palabra rojo tiene su origen en el latín, de russeus, “rojo fuerte”. Sin embargo, carmesí procede del árabe quermes (insecto de donde se obtiene este color) y escarlata y bermejo proceden del latín sigillatum y vermículos, respectivamente.

   En cuanto al azul, la palabra procede del sánscrito rajavarta a través del persa y del árabe lazurd. Y para terminar, el marrón procede del francés marron (castaña).

   Como hemos visto, la influencia de otras lenguas es evidente. Como dice José Antonio Millán “ni los hombres ni las lenguas están aisladas, y no hay tarea más colectiva, más plena, que el tejer y destejer las palabras en el tiempo”.

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