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Si echamos un vistazo al Diccionario de la lengua española descubrimos que bajo el lema “onomatopeya” se esconden dos definiciones:
1. f. Formación de una palabra por imitación del sonido de aquello que designa.
2. f. Palabra cuya forma fónica imita el sonido de aquello que designa; p. ej. runrún.

Así, respecto a la primera acepción, lo primero que se nos ocurre seguramente serán los ruidos que hacen los animales (muuu, guau, miau, bzzz,…) o esas palabras escritas en las burbujas de los cómics (ring, ding dong, bang, bum, jajaja…). Las palabras que utilizamos para representar estos sonidos, las onomatopeyas, las escogemos de una manera motivada, es decir, de tal modo para que su son representara lo mejor posible la realidad que escuchamos.


En lingüística, si decimos que hay algo motivado, siempre “lo algo” tiene alguna relación con la realidad. Por ejemplo, hace mucho mucho mucho tiempo cuando todavía no existía la escritura, la gente se comunicaba, además de varios sones, gestos y mímicas, mediante los dibujos y estos dibujos se referían solo a los objetos representados, es decir, no había ninguna relación con ninguna unidad lingüística, sino solo con la realidad y, por eso, estos dibujos eran motivados. La escritura que usamos hoy en día ya no es motivada, las letras particulares no tienen nada que ver con nuestra realidad, no la representan, solo representa un fonema de nuestra lengua, el español (o cualquier otro idioma). 


Ahora me desvíe un poco del tema, lo siento. Pero hay cierta relación, ya que las onomatopeyas son, o deberían ser, las únicas palabras que representan la realidad, es decir, son motivadas. Sin embargo, no vamos a exagerar, puesto que las onomatopeyas, aunque deberían imitar los sones de la realidad, varían de lengua en lengua. Parece entonces que la realidad difiere según la nacionalidad, es decir, que el gallo español (kikirikí) canta de manera distinta que el de Francia (cocorico) o Inglaterra (cock-a-doodle-doo). ¿Y la causa? Los inventarios fonológicos son diferentes en cada lengua, y los hablantes tendemos a imitar estos sonidos utilizando los sonidos que conocemos. Así, en realidad los ruidos que emiten los gallos de distintas nacionalidades son idénticos (si se encontraran en la calle el gallo checo, alemán e inglés y empezaran a conversar, se comprenderían mutuamente), somos nosotros quienes los cambiamos transcribiéndolos a nuestra lengua, a nuestro sistema fonológico. A continuación podemos ver cómo canta el gallo y ladra el perro en diferentes lenguas.


GALLO:
Alemán kikeriki, afrikáans koekelekoe, checo kikirikí/kykyryký, chino gou gou, coreano kko kko dek, danés kykyllky, español quiquiriquí/kikirikí, estonio kikerikii, euskara kukurruku, finlandés kukkoklekuu, francés cocorico, griego kikeriki, hebreo coo-koo-ri-co, hindi kukuaruku, holandés kukeleku, húngaro kukuriku, inglés cock-a-doodle-doo, italiano chicchirichì, japonés ko-ke-kok-ko-o, portugués cucurucu, rumano cucurigo, ruso kukareku, sueco kuckeliku, tailandés ake-e-ake-ake, turco kuk-kurri-kuuu,…

PERRO:
Alemán wau, búlgaro bau, catalán bub, checo haf, chino wo, danés vov, español guau, euskara au, txau, zaunk, finlandés hau, hauba, vuh, francés ouah, gallego guau, griego gab, holandés woef, húngaro vau, inglés woof, italiano bau, japonés wan, noruego voff, vov, polaco jau, portugués ão , rumano ham, ruso gavv, sueco varf , turco hav, …

También son onomatopéyicas, como dice la segunda acepción del DRAE, las palabras cuya forma fónica imita el sonido de aquello que designa. Se trata de las palabras como “zumbido” (zum zum zum), “aplauso” (plas plas), “ronronear” (rrrnnrrr), “maullar” (miau miau), “urraca” (urrac) etc. Y como soy checa, no puedo evitar mencionar los versos famosos de Mayo de Karel Hynek Mácha que contiene estos tipos de palabras “nocí řinčí řetězů hřmot”. Para un español palabras no pronunciables, pero, es que el hombre nunca sabe, quizá vaya a visitar este blog algún compatriota mío y se sienta más feliz al ver algo en checo.

¿Y la función de estas imitaciones? Las onomatopeyas reaniman nuestras conversaciones o nuestros textos. Nos permiten salir de la monotonía, nos permiten atacar los sentimientos de los interlocutores que luego pueden empatizar más con la situación contada o escrita.

Y, para terminar, si les interesa ver más ejemplos de esta clase de palabras, en el siguiente enlace pueden encontrar una lista de 95 onomatopeyas recopiladas por José Martínez de Sousa:
http://www.fundeu.es/escribireninternet/tatatachan-95-onomatopeyas/

 

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