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Elementos filtrados por fecha: Octubre 2016
Lunes, 31 Octubre 2016 00:00

¡OH, NO! ¡MA TOPEYA!

En una pileta un gato ahogándose decía “¡miaaaago miaaaago!”. Mientras, su amigo el gallo que daba vueltas desesperado, decía “¡quiquirisquihaga, quiquirisquihaga…!”

La RAE define la onomatopeya como la “formación de una palabra por imitación del sonido de aquello que designa”. Ciertamente, estas formaciones pueden resultar altamente frecuentadas de manera casi inconsciente. Pero antes de esto, remontemos algunos años en el tiempo: encontramos la etimología de la palabra onomatopeya en la Antigua Grecia. El término deriva de onomatopeia, que significa “nombre imitativo”. A su vez, esta palabra está formada por onoma (nombre) y poiein (crear, imitar).

Resulta curioso observar que desde muy pequeños ya empezamos a emplearlas sin tener muy claro en qué consisten exactamente. ¿Quiénes nos las enseñan? Muy probablemente, podemos empezar por nuestros padres. Sin ir más lejos, hace poco iba con prisas por el Paseo de la Isla cuando escuché lo siguiente: “Mira, hijo: un guau, guau”. En efecto, con mucho cariño el papá le decía esto al pequeño señalando a un pastor alemán. Seguramente, en el momento no era consciente de que estaba empleando un recurso lingüístico que supone una considerable riqueza sonora y léxica en el castellano. Claro, uno cuando habla no analiza todo lo que dice.

Si especulamos un poquito, podremos descubrir que hay onomatopeyas en muchos idiomas diferentes. Cómo no, el español no iba a ser menos. De hecho, podemos presumir de una gran cantidad. De esta manera, nuestras onomatopeyas imitan sonidos de animales, instrumentos musicales, ruidos y voces humanas.

Pero, ¿nuestras onomatopeyas se parecen a las de otras lenguas? No todos entendemos y representamos los sonidos de la misma manera, pero sorprendentemente –o quizás, no tanto– sí tendemos a imitar el mismo tipo de sonidos. Es posible que nuestra capacidad auditiva esté limitada por las características de cada idioma. Precisamente por esto, si un japonés no puede pronunciar la sílaba “cro” y oye el croar de una rana, su cerebro buscará la opción más cercana haciendo uso de los sonidos disponibles que encuentre en su propia lengua.

Volviendo al castellano, concluyo dejando nada más y nada menos que 70 ejemplos de onomatopeyas a las que, seguramente, hemos recurrido alguna vez:

Ruidos artificiales: ¡Bang! ¡Bang! (disparos), ¡Biiiip! ¡Biiiip! (sonido de un móvil), ¡Boom! (explosión), ¡Boing! (rebotar), ¡Clic! (apretar el gatillo de un arma descargada), ¡Crac! (crujido), ¡Crash! (golpe), ¡Cronch! (crujido), ¡Chof! (líquido derramado), ¡Ding! ¡Dong! (campanas), ¡Pop! (pequeño estallido), ¡Plic! (gota de agua), Tic-tac, tic-tac (segundero del reloj), ¡Toc, toc! (llamar a la puerta), ¡Tolón! ¡Tolón! (cencerro), ¡Riiiing! (timbre), ¡Zas! (golpe).

Ruidos humanos: Cof, cof… (carraspeo de interrupción), ¡Achís! (estornudo), ¡Chissst! ¡Chsss! (pedir silencio), ¡Psst! (llamada), ¡Glup! (tragar un líquido), (¡hic!) (hipo de borracho, entre paréntesis), ¡Muac! (beso), ¡Paf! (bofetada), ¡Clap, clap, clap! ¡Plas, plas, plas! (aplausos), ¡Sigh! ¡ains! (suspiro), Sniff, sniff (olisquear), Tsk, tsk… (chasquear la lengua en símbolo de contrariedad), Zzz, zzz, zzz (sueño profundo).

Voces humanas: ¡Aghgggggh! (terror), ¡Ay! (dolor), ¡Bah! (desprecio), ¡Brrrr! (sensación de frío), ¡Buaaaa! (llorar), ¡Buuu! ¡Buuu! (abucheos), Hum… (duda), ¡Huy! (lamento), ¡jajaja! (risa fuerte), ¡jejeje! (risa astuta), ¡jijiji! (risa contenida), ¡jojojo! (risa socarrona), ¡Mmmm! (sabroso), ¡Ñam-ñam! (comer), ¡Uff! (alivio), ¡Yuuujuu! (alegría desbordante), ¡Puaf! ¡puaj! (asco).

Sonidos y voces de animales: ¡Auuuu! (aullar el lobo), ¡Bzzzz! (zumbar la abeja), ¡Beeee! (balar la oveja), ¡Croa-croa! (croar la rana), ¡Cruaaac-cruaaac! (croajar el cuervo), ¡Oink! (chillar el cerdo), ¡Fu! (bufar el gato), ¡Miau! (maullar el gato), ¡Hiiiic! (chillar la rata), ¡Beeee! (berrear el toro), ¡Quiquiriquí! (cacarear el gallo), ¡Clo-clo! (cloquear la gallina), ¡Cua-cua-cua! (graznar el pato), ¡Cri-cri! (cantar el grillo), ¡Guau! (ladrar el perro), ¡Glu-glú! (gluglutear el pavo), ¡Muuuu! (mugir la vaca), ¡Pío! (piar el pájaro), ¡Iii-aah! (rebuznar el burro), ¡Iiiiih! (relinchar el caballo), ¡Groar! ¡Grrrr! ¡Grgrgr! (rugir el león), ¡Ssssh! (silbar la serpiente), ¡Uh-uh! (ulular el búho).

Lunes, 17 Octubre 2016 00:00

CÓMO MOLA TU MOLAR

La Real Academia de la Lengua define, en su faceta coloquial y dejando a un lado cualquier parentesco con el campo semántico de la dentadura de los animales vertebrados, la palabra “molar” como ‘gustar, resultar agradable o estupendo’. Habría que recalcar ese aspecto coloquial, propio del argot infantil y juvenil que tan de cabeza trae a nuestros mayores, por cómico que pueda resultar esta palabra en sus labios.

Si uno profundiza en la etimología de tan peculiar vocablo, recae en el idioma caló, el cual, lejos de tratarse del término “calor” (generalmente en género femenino y pronunciado con acento propio de las regiones sureñas de España) es la lengua hablada por un subgrupo ibérico/occidental, es decir, característico del pueblo gitano. La evolución de la palabra ha recaído en este argot, como se ha dicho, más infantil y juvenil.

Ha sido en lo últimos veinte o treinta años cuando se ha venido utilizando este término, que parece discriminar otros más lógicamente traídos del latín, como son, en efecto, el verbo “gustar” o “encantar”. No obstante, debemos prestar especial atención a la composición sintáctica que corresponde con los términos de ambos grupos. Mientras que “algo me gusta” o “me encanta” (teniendo yo algo que ver en mis preferencias y gustos), “algo mola” (no interfiriendo yo en sus características propias).

Diferencias sustanciales son, también las edades y el contexto en las que uno utiliza el término coloquial. Dudo mucho que un presidente o un periodista lo incluya en sus intervenciones, si bien es cierto que ya uno intenta cualquier estratagema para acercarse a su público. Del mismo modo, nadie imagina a la abuela de turno diciéndole a sus nietos a la salida del colegio que sus mochilas “molan” o preguntándoles si han pasado un día “molón”. Más parece un chiste que una expresión bien registrada en su almacén léxico.

Hay que reconocer que una vez que uno interioriza el término no lo olvida, y ya empieza a molarle casi todo, desde objetos cotidianos a personas (con carácter incluso afectivo), comida, etc. Y, cómo no, hay que acompañarlo de expresiones que enfaticen más el asunto como “es muy guay” (‘genial’, ‘muy bueno’), o ya, alcanzando el culmen de la genialidad, “mola mogollón”.

En cualquier caso, poco se enseña en los colegios este verbo, siendo innecesario, por la asiduidad con la que un niño recurre a él, y porque es poco académico, por lo coloquial y lo excesivamente sintético de su naturaleza. Sin duda reduce notablemente la familia de verbos atribuidos a cosas que son estupendas.

En fin, un niño o un joven no suele hacer demasiado uso de un vocabulario ilustrado para expresar su estado anímico, y menos si pueden abarcarlo todo con un término tan universal. Y en cualquier caso nunca está de más saber en qué idioma hablan los jóvenes, para indagar, aunque sea levemente, en algo de aquello que revolotea en sus cabezas.

Pocas acciones de las que realizamos diariamente (ya no como humanos, sino como seres que viven, sufren y padecen) pueden presumir de tener una familia sinonímica tan numerosa como es la de “comer”. En cualquier diccionario de sinónimos pueden encontrarse diversos términos para definir, a fin de cuentas, una misma acción. No obstante, debemos agradecerle a nuestra querida lengua española que cada uno de ellos aporte un matiz diferente o contenga una significación peculiar para adaptarse a la forma de “comer” que convenga según el contexto.

La Real Academia Española ofrece diversas acepciones para el término al que nos referimos, aunque en el ámbito en el que nos movemos en el presente artículo pueden resumirse en dos: la acción misma de masticar y deglutir alimentos y en la ingesta final del plato servido. Las demás acepciones metafóricas (aunque ya aprehendidas y conceptualizadas) no nos conciernen.

Es así como hemos de llegar al quid de la cuestión, ya que a priori, esta actividad puede parecer simple y quedar reducida a la mera función fisiológica indispensable del ser humano. Y nada hay más lejos de la realidad, ya que existen en la actualidad muchos sinónimos que registran muy variadas formas de ingesta. Uno puede entender perfectamente la diferencia entre “comer” y “engullir”, aunque solo sea por el hecho del gesto mismo de masticar, significativamente carente en la segunda acción. Quién no ha sentido tantas veces ese rugido en el estómago ya pasado el mediodía que demanda imperiosamente la deglución instantánea de tal o tal ansiado alimento.

“Tragar”, quizá más encaminado a la ingesta de líquidos, también supone prisa y hambre, pero merece su lugar en el vocabulario hispánico. Podemos expresar al apremio al hecho de comer diciendo que “voy a zampármelo todo”, un verbo quizá más coloquial, pero que muestra de nuevo, la prisa por sentirse nutritivamente saciado. Otros términos parecidos pueden ser “devorar” (lo que a mí personalmente me recuerda a una fiera dándose un festín de la carne de su presa, volviendo de nuevo a nuestro carácter animal), “atiborrarse” o “empacharse” (en el sentido de comer tanto que pareciera no haber mañana, casi hasta de una manera enfermiza en el segundo caso) “jalar” (más vulgarmente), “triturar” o “masticar” (que parecen ser dos verbos más mecánicos, representando nuestra mandíbula una fría máquina encargada de transformar la gasolina en energía) y ya al fin, “matar el hambre”, como si hubiera que decidir entre terminar ya con el atroz apetito o continuar respirando.

Por suerte, no todos estos verbos amigos del “comer” nos llevan a la locura gastronómica, sino que otros muchos endulzan el acto mismo de la deglución, como son “saborear” (que nos lleva a mantener más tiempo del necesario la comida en la boca), “paladear” (más de lo mismo, aunque a mí me recuerde más al momento en el que uno intenta que el bocado, exageradamente caliente, “flote” en la boca para evitar quemaduras, alzándolo sobre la lengua, siempre, claro, sin éxito alguno), o ya incluso “disfrutar” o “gozar”, como si hubiera que incidir en que “comer” supone un acto de amor hacia uno mismo.

De cualquier modo, todos ellos se reducen al final en el placer único de comer, ya sea teniendo hambre o no, y en la manera en la que uno disfruta de la vida. Existe la concepción de que en los lugares en los que se come bien (sea cual fuere la manera de hacerlo y/o llamarlo), la gente es más feliz. En fin, yo me voy a comer, que, como se decía antaño, he de “llenar la andorga”. Qué aproveche.