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Elementos filtrados por fecha: Diciembre 2017
Viernes, 22 Diciembre 2017 11:30

Hoy no voy a sufrir mucho

El artículo de hoy será corto. Seguramente se les ha ocurrido alguna vez que les huyó la musa. La mía se fugó ayer y creo que, aunque en un tiempo tan corto, consiguió huir a tierras muy lejanas. Quizá haya excavado un hoyo en Antártida donde se esconde y está esperando cuando la encuentre. Pero yo todavía no tengo fuerzas para buscarla. Me costaría mucho trabajo. Y trabajo significa sufrimiento. ¿Sabían eso?

Así es. La palabra trabajo es un derivado de trabajar que procede de la palabra latina tripaliare. Y continuamos. Tripaliare viene de tripalium que es un compuesto de tri “tres” y palium “palos”. Y tripalium era una especie de cepo hecho con tres (tri) palos (palium) que se utilizaba para amarrar a los esclavos rebeldes para azotarlos.

trabajo

Así, le relación de trabajo con tripalium es de “sufrir”. La palabra trabajar se aplicaba a cualquier actividad que producía dolor corporal, pues cuando nació, la mayoría de la población trabajaba en los campos, es decir, trabajaba físicamente, lo cual les hacía sentir dolor (de espalda, sobre todo) como si hubieran sido apaleados. La relación entre el trabajo y el dolor era entonces muy, muy, muy, estrecha.

Y lo que yo siento hoy no es un dolor físico, sino mental. En nuestros días la palabra adquirió una nueva dimensión, o, al menos, en mi caso. Mucha gente hoy trabaja no físicamente, sino mentalmente. El avance tecnológico e informático va de la mano con las mayores exigencias mentales e intelectuales, frente a las exigencias físicas de los trabajos más tradicionales. La gente tiene que pensar casi todo el día, no tiene tiempo para apagar su cerebro, el estrés sube y eso duele mucho. Pero el dolor físico no desapareció completamente. Da tanto sentarse ante los ordenadores, con los que la gente hoy en día trabaja tanto, duele la espalda (este dolor nos persigue), duelen los ojos, duele la mano con que manejamos el ratón que mueve la flecha en la pantalla que nos permite hojear entre las páginas virtuales, duele la cabeza.

Por eso, por hoy apago el ordenador y el resto del día no voy a “sufrir”. Solo voy a respirar la atmósfera navideña.

¡Qué tengan unas felices fiestas y…descansen!

 

 

Si echamos un vistazo al Diccionario de la lengua española descubrimos que bajo el lema “onomatopeya” se esconden dos definiciones:
1. f. Formación de una palabra por imitación del sonido de aquello que designa.
2. f. Palabra cuya forma fónica imita el sonido de aquello que designa; p. ej. runrún.

Así, respecto a la primera acepción, lo primero que se nos ocurre seguramente serán los ruidos que hacen los animales (muuu, guau, miau, bzzz,…) o esas palabras escritas en las burbujas de los cómics (ring, ding dong, bang, bum, jajaja…). Las palabras que utilizamos para representar estos sonidos, las onomatopeyas, las escogemos de una manera motivada, es decir, de tal modo para que su son representara lo mejor posible la realidad que escuchamos.


En lingüística, si decimos que hay algo motivado, siempre “lo algo” tiene alguna relación con la realidad. Por ejemplo, hace mucho mucho mucho tiempo cuando todavía no existía la escritura, la gente se comunicaba, además de varios sones, gestos y mímicas, mediante los dibujos y estos dibujos se referían solo a los objetos representados, es decir, no había ninguna relación con ninguna unidad lingüística, sino solo con la realidad y, por eso, estos dibujos eran motivados. La escritura que usamos hoy en día ya no es motivada, las letras particulares no tienen nada que ver con nuestra realidad, no la representan, solo representa un fonema de nuestra lengua, el español (o cualquier otro idioma). 


Ahora me desvíe un poco del tema, lo siento. Pero hay cierta relación, ya que las onomatopeyas son, o deberían ser, las únicas palabras que representan la realidad, es decir, son motivadas. Sin embargo, no vamos a exagerar, puesto que las onomatopeyas, aunque deberían imitar los sones de la realidad, varían de lengua en lengua. Parece entonces que la realidad difiere según la nacionalidad, es decir, que el gallo español (kikirikí) canta de manera distinta que el de Francia (cocorico) o Inglaterra (cock-a-doodle-doo). ¿Y la causa? Los inventarios fonológicos son diferentes en cada lengua, y los hablantes tendemos a imitar estos sonidos utilizando los sonidos que conocemos. Así, en realidad los ruidos que emiten los gallos de distintas nacionalidades son idénticos (si se encontraran en la calle el gallo checo, alemán e inglés y empezaran a conversar, se comprenderían mutuamente), somos nosotros quienes los cambiamos transcribiéndolos a nuestra lengua, a nuestro sistema fonológico. A continuación podemos ver cómo canta el gallo y ladra el perro en diferentes lenguas.


GALLO:
Alemán kikeriki, afrikáans koekelekoe, checo kikirikí/kykyryký, chino gou gou, coreano kko kko dek, danés kykyllky, español quiquiriquí/kikirikí, estonio kikerikii, euskara kukurruku, finlandés kukkoklekuu, francés cocorico, griego kikeriki, hebreo coo-koo-ri-co, hindi kukuaruku, holandés kukeleku, húngaro kukuriku, inglés cock-a-doodle-doo, italiano chicchirichì, japonés ko-ke-kok-ko-o, portugués cucurucu, rumano cucurigo, ruso kukareku, sueco kuckeliku, tailandés ake-e-ake-ake, turco kuk-kurri-kuuu,…

PERRO:
Alemán wau, búlgaro bau, catalán bub, checo haf, chino wo, danés vov, español guau, euskara au, txau, zaunk, finlandés hau, hauba, vuh, francés ouah, gallego guau, griego gab, holandés woef, húngaro vau, inglés woof, italiano bau, japonés wan, noruego voff, vov, polaco jau, portugués ão , rumano ham, ruso gavv, sueco varf , turco hav, …

También son onomatopéyicas, como dice la segunda acepción del DRAE, las palabras cuya forma fónica imita el sonido de aquello que designa. Se trata de las palabras como “zumbido” (zum zum zum), “aplauso” (plas plas), “ronronear” (rrrnnrrr), “maullar” (miau miau), “urraca” (urrac) etc. Y como soy checa, no puedo evitar mencionar los versos famosos de Mayo de Karel Hynek Mácha que contiene estos tipos de palabras “nocí řinčí řetězů hřmot”. Para un español palabras no pronunciables, pero, es que el hombre nunca sabe, quizá vaya a visitar este blog algún compatriota mío y se sienta más feliz al ver algo en checo.

¿Y la función de estas imitaciones? Las onomatopeyas reaniman nuestras conversaciones o nuestros textos. Nos permiten salir de la monotonía, nos permiten atacar los sentimientos de los interlocutores que luego pueden empatizar más con la situación contada o escrita.

Y, para terminar, si les interesa ver más ejemplos de esta clase de palabras, en el siguiente enlace pueden encontrar una lista de 95 onomatopeyas recopiladas por José Martínez de Sousa:
http://www.fundeu.es/escribireninternet/tatatachan-95-onomatopeyas/

 

En este artículo, como ya el título indica, quiero esbozar la problemática de los „porqués“ en español con un intento de aclararla. ¡Qué les sirva!

PORQUÉ

En este primer caso se trata del sustantivo masculino que significa „causa, motivo o razón“, por eso habitualmente precede a esta palabra un artículo u otro determinante. Siempre se escribe con tilde, ya que es una palabra aguda terminada en vocal. El plural se forma como en otros sustantivos, es decir, añadiendo los morfemas flexivos correspondientes, en este caso, una “s” (los porqués).

No entiendo el porqué de esas quejas.

Esa necesidad de conocer los porqués de nuestras conductas es algo muy arraigado en nosotros.

Todo tiene su porqué.

POR QUÉ

El porqué no debe confundirse con por qué, combinación de la preposición por y el interrogativo o exclamativo qué (que lleva tilde por distinguirse del relativo y de la conjunción que átonos). Esta combinación se usa en oraciones interrogativas o exclamativas directas e indirectas.

¿Por qué no quieres comer la carne?

Todavía no comprendo por qué razón el lobo no ha devorado a las ovejas.

—¡Qué por qué! —Exclamó. 

Como no es sustantivo, es incorrecto anteponer en estos caso el artículo el.

*Seguramente tú tienes una teoría para explicar el por qué ocurre eso.

En este caso no podemos sustituir por qué por motivo o razón: *para explicar el motivo ocurre eso.

PORQUE

Porque es una conjunción subordinante átona (por eso no lleva tilde). En la mayoría de los casos se usa como conjunción causal, para introducir la oración subordinada que expresa la causa de la acción designada por el verbo de la principal:

No tengo hambre, porque ya he comido los brotes de semillas.

En este caso, es decir, cuando se usa con sentido causal, es incorrecta su escritura en dos palabras:

*Prefiero comer carne por que tiene mucha proteína.

Sin embargo, también se usa con un valor final. Como conjunción final va seguida de un verbo en subjuntivo con sentido equivalente a para que:

Haré todo lo posible porque veas, Esmeralda.

En este caso es admisible la escritura en dos palabras (aunque se prefiere la escritura en una sola):

Haré todo lo posible por que veas, Esmeralda.

No obstante, no deberíamos confundir esta última forma de la conjunción subordinante final, la que se escribe separadamente, con las secuencias siguientes, también escritas en dos palabras. 

 

POR QUE

En este último caso, puede tratarse de la preposición por acompañada del pronombre relativo que. Su identificación es fácil, puesto que el relativo que admite la anteposición del artículo correspondiente (el, la, los, las) o puede sustituirse por otros relativos como el cual, la cual, los cuales, las cuales:

No conozco la verdadera razón por que [= por la que, por la cual] este lobo no come carne.

José Armando es el motivo por que [= por el que, por el cual] quieres quedarte, Esmeralda.

También puede ser la combinación de la preposición por exigida por un verbo, un sustantivo o un adjetivo, seguida de la conjunción subordinante que:

No hay que preocuparse por que no coma carne, es vegetariano este lobo.

José Armando expresó su interés por que la operación de los ojos de Esmeralda se lleve a cabo.

Lunes, 04 Diciembre 2017 10:19

¡Qué difícil es hablar el español!

 

El español. Una de las lenguas más habladas y más estudiadas en el mundo. Lo hablan unos 567 millones de usuarios, es decir 7,8% de la población mundial, y lo estudian como segunda lengua unos 21 millones de estudiantes (se disputa el segundo puesto en la clasificación de idiomas más estudiados como segunda lengua). Se habla, además de la Península donde nació, en una zona muy muy muy extensa de América. Y a causa de esta extensión, su aprendizaje puede causar problemas.
Como en toda lengua viva, también dentro del español hay variaciones. Claro, hay un español estándar que se enseña en las escuelas, pero la realidad cotidiana no se rige por las reglas estrictas que nos enseñan. No hablamos como libros, no somos máquinas. El español difiere en cada lugar. Seguramente saben que dentro del español existen variaciones dialectales. El habla de los andaluces difiere al habla de los gallegos, catalanes, canarios etc. La diferencia todavía más notable se ve en la Hispanoamérica. Allí, además de las variaciones en los niveles fónicos y morfosintácticos, se ve claramente la gran riqueza en el plan léxico. Con eso quiero decir que los americanos hispanohablantes de varias partes del continente muchas veces usan palabras diferentes para designar el mismo concepto o, al contrario, las mismas palabras para designar conceptos diferentes.

Algunos ejemplos de las palabras diferentes que representan el mismo concepto podemos ver a continuación:
España: fresa; Chile: frutilla;
España: aguacate; Argentina: palta;
España: plátano; Argentina: banana; Colombia: banano; Venezuela: cambur;
España: cerdo; Chile: chancho; Venezuela: cochino;
España: camiseta; Argentina: remera; Chile: musculosa; Venezuela: camisetica, franelilla;
España: falda; Argentina: pollera;
España: chaqueta; Argentina: campera;
España: bañador; Argentina: malla enteriza; Chile: traje de baño; Colombia: enterizo, vestido de baño; Venezuela: completo;
España: calcetines; Argentina: medias;
España: bermudas; Chile: chores;
España: bragas; Argentina: bombachas; Chile: calzones; Venezuela: pantaletas;
España: sujetador; Argentina: corpiño; Chile: sostén; Colombia: brasier;

Entre las palabras que designan cosas distintas según su zona de uso encontramos también:

Concha: Argentina-vulva; Bolivia-suerte favorable; México-protector para los testículos; Nicaragua-espalda encorvada; Venezuela-corteza de un árbol;
Perra: Colombia-sombrero viejo y estropeado; Ecuador-resaca; Honduras-relato exagerado, mentira; Perú-olor intenso y desagradable de los pies;
Salvavidas: España-flotador de forma anular; Uruguay-pliegue de gordura; Argentina-persona encargada de la seguridad de los bañistas; Cuba-preservativo; Rep. Dominicana-hombre que se casa con una mujer mayor de edad;
Sapeada: Colombia-delación; Perú-mirada indiscreta;

Así pueden surgir varios malentendidos también entre los hablantes de la misma lengua, pero provenientes de las distintas partes del mundo hispanohablante. Como ejemplo brillante me puede servir Juanes, un cantante famoso de Colobia que actualmente forma parte del jurado en un concurso de talentos español llamado La Voz (si siguen este programa, saben de qué hablo, si no, no pasa nada). Juanes, como producto 100% colombiano, usa palabras peculiares en su discurso, por ejemplo, cuando evalúa la voz de los aspirantes usa con frecuencia la palabra chévere “estupendo, buenísimo, excelente” que equivale más o menos a lo que el resto del jurado evalúa como “guay” (aunque esta es una palabra más pobre conceptualmente). Además, este “extranjero” varias veces no comprende lo que le dicen sus compañeros de origen español, así surgen varios malentendidos chistosos que atraen todavía más la atención del público.
Con esta riqueza léxica puede parecer que es una tarea sobrehumana aprender el español para que lo podamos usar en todas las áreas donde es oficial y no surgieran malentendidos, de lo que se convencieron también dos cantantes Juan Andrés y Nicolás Ospina. Su canción sobre lo difícil que es hablar el español la pueden escuchar en el siguiente enlace. La tienen que escuchar toda, es divertidísima:
https://www.youtube.com/watch?v=Xyp7xt-ygy0