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Elementos filtrados por fecha: Febrero 2017

Érase una vez, una tierna mañana de primavera cuando... Espera un momento. ¿Alguien se ha despertado así alguna vez? Oyendo pajarillos, con la luz estival colándose por la ventana, de buen humor, peinadísima y, además, escuchando (no se sabe muy bien de dónde) la sinfonía que Edvuard Grieg compuso para el poema sinfónico Peer Gynt, “Morning Mood”. Vayan a oírlo, sabrán de qué les hablo.
Insisto en qué no muchos han tenido la oportunidad de un amanecer así, al menos en la temprana juventud y bajo el mismo techo que una madre.


Pongámonos en situación. Es jueves bien tempranito, ya casi es fin de semana, pero anoche te quedaste viendo en Netflix la serie que te recomendó una página en Facebook (o jugando al comecocos con el Windows 1) y no te apetece levantarte para ir al colegio. Le lloras un poco a tu madre alegando una cefalea aguda en la base del cráneo, confiando en tus posibilidades como actor, para eludir un par de días de colegio. Y de pronto, sin haber sido consciente de lo que se te venía encima, tu madre se saca de su Manual para Madres Españolas, la frase lapidaria por excelencia que echa por tierra tus más ansiados deseos: “Si estás malo para ir al colegio, también lo estarás para salir de fiesta”. Y ahí te ha matado, tío, vas a tener que comerte el orgullo y arrancar para el colegio. Lo peor de todo es que a veces te encuentras realmente mal, pero tienes que hacer de tripas corazón, que es que tu mejor amigo celebra una fiesta en su casa el viernes y no puedes faltar.


Esas frases de madre. Esas máximas de mujeres que se prometieron de niñas nunca repetir a sus hijos, pero ahí están, eliminando toda lógica o posibilidad de contestación, por muy bien argumentada que esté en las cabezas de sus vástagos.


Es bien sabido que una madre parece doctora en todas las áreas de conocimiento que se le pueden ocurrir, de modo que así he decidido dividirlas:

 

1. Antropología y sociedad:

-“¿Tus amigos no tienen casa?”: los pobres, que se pasan el día en la tuya porque no tienen adónde ir. Nada influye que tengas la mejor conexión Wi-Fi del grupo o la última edición del Uncharted.

-“¡Diles a tus amigos que estas no son horas de llamar!”: esta está un poco desfasada con el tema de las redes sociales, pero no hace mucho el teléfono fijo se usaba. Y vaya que si se usaba, con lo necesario que era consolarte con ese amigo que llevaba igual de mal que tú el examen del día siguiente.

 

2. Salud y nutrición:

-“Come y calla”: las madres nunca entendieron la temprana afición culinaria de los niños. ¿Quién no quiso ser crítico de cocina con solo diez años?

-“Si no te lo comes ahora, te lo daré para la cena”: ole, tú. Que, o te comes eso, o te mueres de inanición, vamos.

 

3. Biología y sanidad:

-“¿Tú te crees que nací ayer?”: es IMPOSIBLE, mamá, no me lo digas ya más.

-“Como sigas vas a llorar y con razón”: qué cierta fue esa frase.

-“Esto me duele más a ti que a mí”: yo estuve una vez dos días sin sentarme del cachete que me diste, no sé tú...

 

4. Economía y turismo:

-“¿Te piensas que soy el Banco de España?”: si lo fueses, ya les habrías castigado a todos sin salir. Fijo.

-“¿Crees que vives en un hotel?”: no, a mí no me traen el desayuno a la cama.

 

5. Lógica filosófica:

-“Y si todos tus amigos se tiran por un puente, ¿tú también te tiras?”: seguro que todos habéis pensando en el puenting, ¿a que sí? ¡Ya tenéis una refutación para vuestras madres!

-“Ya tienes dos cosas que hacer: enfadarte y desenfadarte”: suficiente tenía ya con recoger la habitación...

 

6. Misticismo:

-“¿A que voy yo y lo encuentro?”: ¡y lo encontraba, la tía!

 

7. Física:

-“Hasta que no lo rompas, no te quedarás tranquilo”: más tranquilo estaría si no llenaras el pasillo de cosas que se pueden romper.

-“Un día cojo la puerta y me voy”: ¿qué coges la puerta? ¿Y cómo te la vas a llevar?

 

8. Lingüística:

-“¡Ni moto, ni mota!”: y es que a esto no hay respuesta posible.

 

En conclusión, lectores, que al final ellas siempre tuvieron, tienen y tendrán la razón. ¡Y ni se te ocurra irles con peros!

Lunes, 20 Febrero 2017 10:13

No es tan fácil como parece

No hace mucho había decidido irme a dormir pronto y descansar. Os podréis hacer una idea: “Madre mía, ¡qué ojeras! Hoy, a las diez y media con la luz apagada. Necesito dormir”. Grandes expectativas que uno tiene al levantarse por la mañana después de haber dormido menos del tiempo que se recomienda a todo ser humano. Lo típico: expectativa y realidad pueden distar bastante. Eran las tres de la mañana y yo, dejando de lado todas mis buenas intenciones, viajaba inmersa por el infinito mundo de YouTube. Así encontré a “coreanita”.


La YouTuber explicaba en su vídeo las dificultades que se le presentaron al estudiar nuestro idioma, y es que resulta que hay ciertas palabras españolas que para muchos extranjeros son prácticamente impronunciables. Pablo Navarro, profesor de español en el Instituto Cervantes de Tokio, explica que “en general, los japoneses suelen apoyar el sonido de una consonante con una vocal, aunque sea incluso en una combinación de dos consonantes o una sola al final de palabra”. Siguiendo esto, afirma que la palabra “despotricar” sería algo así como desupoturicar. Quién lo diría, ¿verdad?
Ciertamente, el español no se considera particularmente difícil. No obstante, en el aprendizaje de una segunda lengua siempre nos topamos con algún que otro problema. La pronunciación siempre ha sido complicada, y es que hay ciertos fonemas que no forman parte de la lengua materna. De pronto, uno se encuentra ante sonidos no existentes en su idioma, por lo que se ve empujado a cambiar la articulación y a “hacer cosas extrañas con la boca”.


La grafía también ha traído varios quebraderos de cabeza. El español es un idioma muy fonético, por lo tanto, normalmente a una letra determinada corresponde un sonido específico. Sin embargo, el inglés, a pesar de tener un abecedario con 26 letras, tiene 44 sonidos diferentes. Para nosotros, lo más sencillo es, sin duda, que una letra tenga un sonido. Un inglés es muy probable que experimente una confusión. Sin ir más lejos, hace poco conocí a James, un estudiante erasmus que me comentaba que le había encantado el tosainou. Al pobre lo que le gustaba era el tocino.


El español es traicionero y no tan sencillo como nos puede parecer. Las palabras con la pronunciación fuerte de la letra “erre” pueden resultar una zancadilla para la mayoría de los japoneses, que pronunciarán “perro” como pero, o “sonrojado” con la “erre” suave. Mejor no mencionar “terrestre”, “coscorrón” o “ronronear”. Por su lado, a los ingleses les cuesta no hacer ruido cuando se enfrentan a una “hache”, por lo que “hermano” o “hablar” será para ellos germano o jablar.


Ricemos el rizo. El italiano es un idioma que razonablemente podríamos decir que se parece al español. Sin embargo, al encontrarse con el grupo consonántico “sc”, ellos no entran en un “ascensor” sino en un ashhhhensor. Por otro lado, “para los eslovenos, la pronunciación de diptongos, triptongos e hiatos puede acarrear dificultades por dos motivos: su lengua no cuenta con fenómenos que equivalgan exactamente a estos y, además, el español presenta una gran variedad y abundancia de diptongos”, añade Cristina Pérez, de Letra Hispánica.


Con todo, podemos afirmar que el español no es tan sencillo de aprender. La próxima vez que encuentre un grupo erasmus por la Universidad, les enseñaré la palabra “limpiaúñas”, y, con suerte, habrá un esloveno que nos saque una sonrisa.

Lunes, 13 Febrero 2017 10:28

La grandilocuencia

Hace escasos días me topé con un artículo científico que, con grandes palabras, describía y alababa un descubrimiento imposible que pocos alcanzan a conocer. Como venía a colación de tal hazaña, el físico que lo redactó se encargó de incorporar a su aportación vocabulario científico y técnico sobre el asunto, no exento este de su necesaria explicación y acepciones, relacionadas también con la psicología, la antropología, la geografía...


Pues bien, al terminar de leerlo, y reconociendo que en el universo de las ciencias físicas carezco de casi todo conocimiento, por nimio que sea, terminé el artículo sin haber entendido una palabra. Me ocupé bien de escudriñar bien cada término para no perderme detalle. He de decir, que, al final, conseguí sacar dos cosas en claro: que yo no entendía nada y que el redactor no tenía ni idea de lo que significa comunicar.


Todo esto me ha hecho reflexionar sobre el turbio universo de la grandilocuencia, la oratoria, la alta redacción que doraban los filósofos griegos y romanos. No es que esté yo criticando esta práctica, tantas veces necesaria en actos públicos, en homenajes, en discursos, sea cual sea su naturaleza. No obstante, cabe preguntarse si realmente es de necesidad que asuntos de tan compleja enjundia hayan de ser trasladados a la sociedad mediante estos enrevesados procedimientos lingüísticos. Apuesto a que incluso el autor tuvo que releerlo varias veces para comprender que estaba diciendo aquello que quería comunicar.


Volviendo unos segundos a mi mundo, intenté volver a cumplir quince años y ponerme en el lugar de esa alumna que en contadas ocasiones no estudiaba, ya que la confianza que tenía en saberes que ella creía innatos le parecía suficiente para conseguir, no digo ya un aprobado, sino un notable digno de admirar en los exámenes. El método era muy sencillo: se valía de su bagaje lexicográfico para pretender una loable erudición. En coyunturas determinadas, esa chica, o dicho de otro modo, yo, me salía con la mía, aunque el objetivo del notable no resultara tan fácilmente alcanzable. Esa fui yo un tiempo, y como me conozco y lo reconozco, no es el mejor modo que existe en la comunicación ya que, al final, decía poco escribiendo mucho.


Este asunto de la crónica de una adolescencia anunciada, del pasotismo de la juventud o simplemente de la pereza en un tiempo en lo que sólo importa “lo demás”, me ha servido muy bien como ejemplo de vida para identificar esos comportamientos en cuanto los veo. Este artículo al que he aludido antes es sólo un ejemplo de tantos.


Y aquí viene la ruptura de frame que nadie quizá se espera. Ese artículo solo fue un experimento social de esos que pueblan internet. El físico en cuestión, al que ahora respeto en serio, se había inventado todo el experimento, el descubrimiento y hasta ciertas palabras con el fin de ver hasta qué punto sus lectores pecaban de ingenuos. Muchos lo alabaron, dieron a entender que lo entendían e incluso aplaudían su “clara expresión lingüística”. En fin, ya, cualquier cosa.


Desmiento también que yo fui de las que cayó en esa ingenuidad. Lo primero porque si, en la lectura del primer párrafo, no hubiera entendido de qué me estaba hablando, hubiera desistido. Segundo, porque este experimento fue sonado y la gente del mundillo filológico hemos oído hablar de él. Fue el físico Alan Sokal quien en 1996 ideó este experimento mediante el artículo titulado Transgrediendo los límites: hacia una hermenéutica transformativa de la gravitación cuántica. Ahí es nada.


En fin, que la grandilocuencia no lo es todo, amigos. Y espero que se me haya entendido.

Lunes, 06 Febrero 2017 10:41

La insuficiencia de las palabras

Al igual que todos sabemos que no siempre es fácil manifestar con palabras cómo uno se siente, todos hemos sentido alguna vez la necesidad de expresarlo. Sin embargo, al intentarlo – y a pesar de la existente contingencia de poseer un amplio conocimiento léxico – nos hemos chocado con la imposibilidad de hacerlo. ¿Es que acaso el lenguaje es insuficiente?


Por supuesto, las palabras nos ofrecen la posibilidad de comunicarnos. No obstante, uno no se suele plantear que esto resulta ser algo fascinante. A lo largo de la evolución hemos ido elaborando un complejo e interesante sistema de intercambio de mensajes. Nada es tan poderoso como el lenguaje, y su expresión más señera, la palabra, – herramienta que usamos a diario para comunicarnos – puede ser realmente útil. Sin embargo, no podemos dejar de constatar que se trata sencillamente de un modo más de los muchos que la humanidad tiene para expresarse y, volviendo al quid de la cuestión, muchas veces resulta insuficiente.


Precisamente por esto, John Koenig creó el llamado Diccionario de los dolores oscuros, donde podemos encontrar neologismos de emociones que no tienen un término descriptivo. El autor intentaba escribir poesía cuando se dio cuenta de que necesitaba expresar lo inefable, por lo que decidió crear dicho diccionario, que fue considerado por primera vez en el año 2006. Los neologismos se basan en la investigación de etimologías y significados de los prefijos, sufijos y raíces que los componen. Los términos a menudo se fundamentan en "sentimientos del existencialismo" y están destinados a "llenar un hueco en el lenguaje".


Para terminar, podemos apreciar a continuación algunos de los neologismos más interesantes del Diccionario de los dolores oscuros. Quién sabe, quizás en algún momento necesitemos echar mano de alguno de ellos.


Sonder: la comprensión de que cada persona tiene una vida tan intensa y compleja como la nuestra.


Opia: la extraña necesidad de mirar a alguien a los ojos, lo que puede dar al mismo tiempo una sensación invasiva y vulnerable.

Monachopsis: la sensación sutil pero persistente de estar fuera de lugar.


Vellichor: la extraña nostalgia hacia viejas librerías.


Rubatosis: la inquietante conciencia de sentir nuestro propio latido del corazón.


Kenopsia: la sobrecogedora y triste atmósfera de un lugar que normalmente se llena de gente, pero ahora está abandonado y tranquilo.


Jouska: una conversación hipotética que surge compulsivamente una y otra vez en tu cabeza.


Vemödalen: la frustración de fotografiar algo increíble cuando ya existen miles de fotos idénticas.


Anecdoche: una conversación en la que todo el mundo habla, pero en la que nadie está escuchando.


Ellipsism: la tristeza de no tener la capacidad de saber cómo terminará una historia.


Exulansis: la tendencia a renunciar a hablar acerca de una experiencia porque la gente es incapaz de entenderla.


Rückkehrunruhe: la sensación de volver a casa después de un viaje espectacular sólo para descubrir cómo se desvanece rápidamente de nuestra conciencia.


Onism: la frustración de estar atrapado en un solo cuerpo que sólo es capaz de habitar un lugar.


Liberosis: el deseo de que las cosas y situaciones nos importen menos.


Altschmerz: cansancio hacia los viejos problemas que siempre hemos tenido, como defectos aburridos y ansiedades que nos han estado atormentando durante años.


Occhiolism: la conciencia de lo pequeña que es nuestra perspectiva.