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Elementos filtrados por fecha: Abril 2017
Martes, 25 Abril 2017 10:58

La borrachera

Hace tiempo que llevo dando vueltas al tema de las melopeas. Sin embargo, tranquilos, porque ahora no voy a comentar las moñas que se cascan en la actualidad por ejemplo, los adolescentes y su práctica tan común los fines de semana, sino de lo rico que es el léxico en cuestiones de cogerse la cogorza. Al igual que la palabra “cerdo”, que también cuenta con una gran variedad de sinónimos, la castaña que nos agarramos en una noche de locura y de desenfreno con nuestros amigotes un sábado por la noche también tiene lo suyo. Yo no sé si ahora se tiene menos tolerancia al alcohol, o por el contrario, se bebe mucho más, pero a mí me llama la atención las mezclas tan extrañas que piden las personas en los bares, y que luego se beben para achisparse, como si se trataran de aquelarres de brujas haciendo una poción mágica para conseguir un determinado fin. En este caso: mamarse. No sé si ahora se bebe más para olvidar las penas, pero lo cierto es que a menudo todos los viernes, sábados y domingos encuentro a personas durmiendo la mona en portales, bancos, paradas de autobús o parques. A mí me parece bastante triste que haya personas que beban como bestias y luego, lleven tal merluza que no consigan llegar a sus respectivas casas para pasar el estado de ebriedad.

La verdad, y desde mi punto de vista, dan una imagen bastante lamentable. Entonces, yo me pregunto, si no saben beber con precaución, ¿por qué no se pillan una clandestina al calor de sus hogares? Al menos, así cuando se mearan y vomitaran lo harían en sus casas, y luego podrían dormir la mona al calorcito, y no en plena calle donde el resto de personas vemos la trompa que llevan. Yo no digo que no se beba, pero si bebemos, que sea con moderación y no hasta llevar una torrija importante.

Miércoles, 05 Abril 2017 15:19

Decir adiós

La lección de “fórmulas de despedida” es una de las primeras que se dan en cualquier temario de clases de español como lengua extranjera, después de aprender cómo se saluda, se mantiene una conversación de cualquier tipo o se pregunta al interlocutor por algún tema en concreto.

Las despedidas más clásicas son decir “adiós”, “hasta luego” o incluso “chao”, un italianismo evidente. También hay fórmulas algo más cordiales como “hasta pronto”, “estamos en contacto” o “saludos cordiales”. Podemos añadir las que se utilizan cuando los interlocutores van a volver a verse pronto como en “te veo luego”, “hasta mañana” o “¡cuídate!” si es que esa persona tiene algún problema de salud.

Los españoles tenemos tendencia a juntar dos de ellos, más que nada por enfatizar la pena de la despedida, socialmente está vista como un momento bastante triste (a no ser que sea de alguien a quien no soportemos). Es muy común “desearle lo mejor” si es probable que no lo veas en un tiempo o tiene por delante algún proyecto importante. Del mismo modo, es muy típico despedirse “hasta la semana que viene”, como en los programas de televisión o con alguien al que seguro verás en ese plazo de tiempo. Por último, queda muy bien saludar a sus familiares cuando los conoces, o concluir con un simple “nos vemos”.

Además, en España tenemos ese estigma social de terminar las conversaciones con “tenemos que quedar algún día” o soltar un “a ver cuándo nos vemos”. Pero todos sabemos que eso nunca pasa.

Y, después de todo esto, me gustaría lanzar una pregunta al aire. Sabemos decir adiós, pero ¿sabemos despedirnos? Quiero decir, ¿reconocemos el momento de la despedida como en el que estamos diciendo adiós? Sinceramente, creo que no. Tardamos algo más de tiempo en reconocer el final de una etapa.

En la película Boyhood (2014), en una de las escenas finales y mientras hablan dos de los jóvenes protagonistas, ella le confiesa a él que está empezando a creer que el carpe diem (‘atrapa el momento’) significa en realidad lo contrario, que es el momento el que nos atrapa. Por eso, probablemente, odiamos tanto las despedidas, porque nos atrapan y de allí somos desde ese instante.

Supongo que hay muchas formas de despedirse, todo dependerá de ese tiempo que vivimos y al que decimos adiós, hasta pronto o hasta nunca.

En fin, en cualquiera de los casos, más vale quedarse con lo bueno, con lo que uno hizo bien, con la gente que conoció o, al menos, con las lecciones que aprendió de sus errores.

A mí, personalmente, nunca me gustaron las despedidas y sería frívolo tener que elegir una de entre todas ellas, pero estarán conmigo en que algunas de ellas son algo esperanzadoras. Un “hasta pronto” siempre deja la puerta entreabierta. En las películas, acabar la última escena con esa frase es un ejemplo claro de final abierto.

Al final siempre es lo mismo. Al final, siempre el final. Así que sólo me queda terminar con un hasta pronto. ¡Oh, Capitán!, ¡mi Capitán! Siempre nos quedará París.

Lunes, 03 Abril 2017 11:20

Vivimos infoxicados

*En la imagen: “Huxley [en "Un mundo feliz"] temía a aquellos que pudieran brindarnos tanta información que nos reduciría a la pasividad y el egoísmo.”

 

Vivimos infoxicados. Y esto no lo descubrí gracias a ningún médico. Fue durante una de mis clases en la universidad, cuando hablábamos sobre lo que significa ser hija del siglo XX, pero niña todavía en el XXI. Vivimos infoxicados y no sabemos ponerle remedio a eso.


El primer paso es saber qué significa, porque ahora ni siquiera el Word me reconoce la palabra. Podríamos definirla como ‘exceso de información (verdadera o falsa) que reciben los individuos a través de Internet, televisión y redes sociales’. Pues bien, creo que algunos ya pueden sentirse identificados con esto. Solemos quejarnos de que nuestros jóvenes dedican demasiado tiempo a videojuegos violentos o de guerra, la excusa perfecta para justificar sus desórdenes. Y, sin embargo, basta solo con poner los informativos de televisión para ver violencia real, muy diferente de la de esos videojuegos. La corrupción, lo más puramente demagógico, las guerras, el terrorismo, los refugiados, niños ahogados en las playas, vallas de alambre, muros titánicos, el deshielo. Y bueno, después apagamos apaciblemente la tele porque, oye, que ya es la hora de comer.


Ese es el primer síntoma de infoxicación. Recibimos tanta información que el porcentaje dedicado a cada noticia es ínfimo, por lo que el lugar que ocupa en nuestro cerebro es, efectivamente, ínfimo también. Si es que le reservamos algo.


La palabra es la conjunción de información + intoxicación. Así estamos, envenenados a veces, pero con veneno suave, parece morfina. O, por el contrario, una sustancia parecida al éxtasis, nos agobian los males del mundo hasta llegar a la frase más demoledora que se puede esperar de un ciudadano del mundo: así son las cosas, qué le vamos a hacer.


Pero no se alarmen, todavía hay remedio. Todo depende de ustedes. Hay que saber qué y cómo informarse, cuáles son las fuentes de información más verídicas a la hora de buscar objetividad en las noticias que leemos. Ojo, que no estoy diciendo que ciertas redes en las que la gente anónima, o al menos no profesional, informa y opina no sean lícitas. No quiero decir el nombre de una de las más populares, pero como experimento social y estadístico es muy útil si queremos reconocer en qué situación se encuentra una sociedad determinada. Es seguro que alguien que genera polémica, es políticamente incorrecto o ironiza con todo obtendrá más seguidores que alguien que es, precisamente, todo lo contrario. Lo correcto nunca fue lo fácil.


La solución es muy sencilla. Podemos leer y leer, infoxicarnos si hace falta, pero sabiendo qué leemos, qué es verdad. Comprobar las fuentes, comparar todas ellas.


El temor de Huxley puede que se esté cumpliendo, pero está en nuestra mano no dejarnos enganchar. Enciendan las televisiones, pero apáguenlas con rabia y salgan a la calle. Quizá la próxima vez ya no vuelvan a ver lo mismo. O al menos lo harán siendo otros.