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Se me pide que esplique por qué escribo yo con jota las palabras en “ge”, “gi”; por qué suprimo las “b”, las “p”, etc., en palabras como “oscuro”, “setiembre”, etc., por qué uso “s” en vez de “x” en palabras como “excelentísimo”, etc. Primero, por amor a la sencillez, a la simplificación en este caso, por odio a lo inútil. Luego, porque creo que se debe escribir como se habla, y no hablar, en ningún caso, como se escribe. Después, por antipatía a lo pedante.

¿Quién no se ha planteado alguna vez una reflexión similar a esta? ¿Quién no ha pensado alguna vez que las reglas ortográficas se rigen por pautas alejadas de toda lógica?

 Muchas veces la ortografía más parece un campo de minas que un lugar seguro al que poder atenerse a la hora de crear una buena redacción. Si b y v suenan igual ¿porqué mantienen grafías diferentes? ¿Quién es el responsable de que  coger lleve g pero crujir sea con j? Son muchas las preguntas que nos pueden surgir a la hora de escribir, de momento, la única explicación a todo este batiburrillo de normas,  en principio aleatorias, reside en que la RAE, al redactar la primera ortografía  en 1741, decidió inclinarse mayoritariamente por el criterio etimológico a la hora de establecer las grafías. Es decir, se decidió atender al origen de las palabras a la hora de determinar sus grafías y, por lo tanto, a partir de esa fecha se unificó la norma y, como no podía ser de otra manera, aparecieron los críticos.

Hay que reconocer que el castellano es una de las lenguas que mantiene de manera más continuada la correspondencia entre fonema y grafía, pero no siempre es así y seguimos manteniendo distinciones que a priori parecen arbitrarias. Por eso, siempre aparecen voces críticas que abogan por la creación de una ortografía fonémica que no solo nos simplifique las cosas, sino que nos permita adecuar la escritura a nuestra pronunciación. Juan Ramón Jiménez es uno de los escritores que se inclina hacia esta tendencia y afirma, como en el párrafo anteriormente citado, que la simplificación debe primar sobre cualquier intencionalidad ortográfica. En este sentido también escribe Unamuno, quién lanza un dardo sutil y certero sobre la cuestión ortográfica:

Si se adoptase una ortografía fonética sencilla, que aprendida por todos hiciera imposible, o poco menos, las faltas ortográficas ¿no desaparecería uno de los modos de que nos distingamos las personas de buena educación de aquéllas otras que no han podido recibirla tan esmerada? Si la instrucción no nos sirviera a los ricos para diferenciarnos de los pobres ¿de qué nos iba a servir?”.

Por otro lado, uno de los gramáticos más importantes de nuestra lengua, Don Emilio Alarcos Llorach, considera que: "Los incapaces de aprender una ortografía tan fácil como la española padecen de alguna especie de disgrafía". Abundando en esta idea crítica con la reforma ortográfica, Arturo Pérez Reverte tiene un artículo donde ironiza sobre los peligros de esta tendencia: http://arturoperez-reverte.blogspot.com/2010/09/limpia-fija-y-da-esplendor.html

Sea como sea, de momento tendremos que seguir ateniéndonos a las normas impuestas por la Academia. Eso sí, nunca está de más conocer otros puntos de vista que nos permitan darnos cuenta de que la lengua no es tanto normas impuestas desde un organismo exterior, sino algo que nos acompaña y evoluciona con nosotros.

 

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